Lo que más te molesta de los demás. Ken Wilber y la proyección de la sombra
Supongamos que hay una persona que te resulta insoportable y no puedes explicar del todo por qué. Otros la tratan sin problema y a ti se te gatillan respuestas emocionales desproporcionadas cada vez que aparece. O supongamos el caso al revés, hay alguien a quien admiras demasiado, hasta un punto que no se corresponde con lo que realmente conoces de esa persona. Uno te cae demasiado mal sin saber por qué, el otro te cae demasiado bien, tampoco sin saber por qué.
Ken Wilber sostiene que en ambos casos puede estar ocurriendo lo mismo, y que esa reacción emocional desproporcionada es una de las informaciones más valiosas que podemos recibir sobre nosotros mismos. Esa reacción emocional al final tiene mucho más para decir sobre nosotros mismos que sobre la persona que nos genera la reacción.

Más específicamente, tiene que ver con el concepto de sombra, primero identificado y desarrollado como tal por Carl Gustav Jung. La sombra es una parte de nosotros que no hemos reconocido conscientemente y que, sin embargo, se expresa a través de estas reacciones emocionales desproporcionadas. En el otro que nos gatilla la reacción vemos reflejada esta parte nuestra que no queremos o no hemos podido integrar en nuestra concepción de nosotros mismos. Por ejemplo, tal vez nos molesta demasiado la gente irresponsable que nos deja esperando porque nosotros hacemos lo mismo y no nos hemos dado cuenta de que lo hacemos. Ese enojo es justamente la señal que nos indica que no hemos integrado esa parte nuestra en nuestra autoconcepción.
Wilber, en su ensayo sobre la proyección de la sombra, ofrece un criterio concreto para distinguir cuándo estamos viendo al otro y cuándo nos estamos viendo a nosotros mismos en él.
El error de partida
Wilber empieza señalando una confusión que arrastramos casi sin darnos cuenta. Nos han llevado a equiparar lo negativo con lo indeseable. Y por eso, en lugar de hacernos amigos de nuestros rasgos negativos e integrarlos, los enajenamos y los proyectamos, viéndolos en todo el mundo menos en nosotros mismos. Pero, como él subraya, siguen siendo nuestros de todos modos.
Todos tenemos puntos ciegos, rasgos y tendencias que sencillamente nos negamos a admitir como propios porque son negativos, y que por eso arrojamos al entorno, donde reunimos toda nuestra justa indignación para combatirlos, cegados por nuestro idealismo ante el hecho de que la batalla es interna y el enemigo está mucho más cerca de lo que creemos.
Un conflicto que en realidad es con uno mismo
Wilber da el siguiente ejemplo. En un grupo de diez chicas, nueve quieren a Jill. La décima, Betty, no soporta a Jill, y su explicación es que Jill es una mojigata, y ella detesta a las mojigatas. Betty se esfuerza por convencer a las demás de esa mojigatería, pero nadie le da la razón, y eso la enfurece incluso más.
Wilber lo interpreta así. Betty odia a Jill únicamente porque es inconsciente de sus propias tendencias mojigatas, lo que la lleva a proyectarlas sobre Jill. Ella ve en Jill algo de sí misma que no ha sido capaz de integrar en su autoimagen. Este conflicto, que es entre Betty y Betty, se convierte en un conflicto entre Betty y Jill. Jill, sin quererlo, termina actuando involuntariamente como un espejo del propio desprecio que Betty siente hacia sí misma por ser como es.
Esta es la frase que resume todo el planteamiento y que conviene retener.
La sombra no es un asunto entre tú y los demás, sino entre tú y tú.
Ken Wilber, en Meeting the Shadow
El criterio práctico, informar o afectar
Aquí está la herramienta que hace que este ensayo sea muy útil además de interesante. Wilber propone una regla sencilla para identificar una proyección.
Si una persona o una cosa del entorno nos informa, nos provee información que podemos interpretar tranquilamente, entonces probablemente no estamos proyectando. Si nos afecta, es decir, si nos genera una reacción emocional desmedida que no tiene mucho sentido, ni siquiera para nosotros mismos, entonces es muy posible que seamos víctimas de nuestras propias proyecciones.
Fijémonos en cómo esto se aplica al caso anterior. Jill podía perfectamente ser una mojigata, pero eso no era razón para odiarla. Betty no fue solamente informada de que Jill era una mojigata, sino que fue violentamente afectada por ello, y esa es una señal segura de que su odio era desprecio hacia sí misma vuelto hacia fuera. Betty es una mojigata a quien no le gustan las mojigatas, es decir, no se gusta a sí misma, pero no es consciente de esto así que ese rechazo lo proyecta hacia alguien más que sí logra reconocer como mojigata.
De ahí la conclusión que puedes usar mañana mismo. Lo que veo en otras personas y me molesta o me gusta, mientras solo me informe, es un dato de alguien distinto a mí. Pero sin duda es una proyección si me afecta emocionalmente con fuerza.
Y Wilber añade que esta reacción emocional desproporcionada vale en las dos direcciones. Si estamos excesivamente apegados a alguien, si lo admiramos demasiado, estamos abrazando la sombra, pero la sombra sigue estando ahí, y sigue siendo algo nuestro que vemos reflejado en el otro porque no lo hemos integrado a nuestra autoimagen. Si evitamos u odiamos a alguien emocionalmente de manera desproporcionada, estamos boxeando contra la sombra, o, mejor dicho, estamos boxeando contra nosotros mismos. Tanto la admiración desmedida como el rechazo desmedido delatan un elemento de nuestra sombra en el que podemos trabajar.
Cómo se forma la sombra
Cada uno de nosotros sostiene una imagen de quién es. Esa imagen no se construye sola: se arma dejando fuera todo aquello que no encaja con lo que creemos que nos conviene ser. Si me pienso como alguien generoso, la avaricia que a veces siento no cabe. Si me pienso como alguien tranquilo, mi propia rabia sobra y no queda integrada en mi autoimagen. Wilber lo describe como el intento de volver aceptable nuestra imagen de nosotros mismos haciéndola inexacta.
El problema es que esos rasgos no desaparecen al quedar fuera de nuestra autoimagen consciente. Siguen siendo nuestros, solo que ya no los reconocemos como nuestros y quedan en nuestro inconsciente. Eso es la sombra: no algo oscuro que llevamos dentro, sino sencillamente la parte de nosotros que no entra en la autoimagen que sostenemos. Y cuanto más estrecha es esa imagen, más grande es lo que queda afuera, por lo tanto, más probable que las demás personas generen en nosotros una respuesta emocional desmedida.
Qué pasa cuando un rasgo queda fuera
Lo primero es que perdemos el acceso a él. Si he decidido que la ambición es un defecto de otros y no mío, entonces cuando mi vida pide ambición no puedo echar mano de ella, porque usarla sería admitir que soy eso que desprecio. La cualidad sigue estando, pero no está disponible: sigo siendo en la práctica alguien ambicioso que no se da cuenta de que lo es. Wilber señala que esto produce una frustración y una tensión constantes, y se entiende por qué: hay una parte de uno trabajando a puerta cerrada.
Lo segundo tiene que ver con la fuerza con que vivenciamos ese rasgo en los demás. Esa fuerza no viene del otro. Viene de todo lo que empleamos en no verlo en nosotros. Por eso la avaricia del vecino nos parece descomunal, mucho mayor de lo que a cualquiera le parecería, y por eso nos remueve tanto, porque esa fuerza es un reflejo de la fuerza que usamos para mantener apartado eso en nosotros. Wilber lo dice diciendo que terminamos golpeándonos con nuestra propia energía, y la imagen es exacta: lo que nos golpea es nuestro, solo que lo hemos puesto fuera y nos vuelve.
Lo que se excluye vuelve por otro lado
Nada de esto se queda quieto. Un rasgo negado no se disuelve, sino que, al contrario, presiona por entrar. Y como no lo dejamos entrar reconocido como propio, entra disfrazado. Wilber dice que la sombra siempre acaba diciendo lo suyo, y que lo hace forzando su entrada en la conciencia en forma de ansiedad, de culpa, de miedo o de depresión.
Esto explica algo que en consulta aparece a menudo. Alguien llega con una ansiedad que no logra atribuir a nada concreto, y resulta que lleva años sin permitirse siquiera notar una parte importante de lo que siente. El síntoma no es el problema, es la forma que encontró la parte nuestra que hemos excluido para hacerse presente.
Primer paso, la responsabilidad
Para deshacer una proyección se necesita ampliar la imagen, las determinaciones de aquello con lo que nos identificamos, volviendo a reconocer como propios aspectos que habíamos enajenado. Y el primer paso, el paso primordial, es darse cuenta de que lo que creíamos que el entorno nos hacía mecánicamente es en realidad algo que nos estamos haciendo nosotros.
El ejemplo que da es el de la ansiedad, y es aplicable directamente. Normalmente uno sostiene que es una víctima indefensa de esa tensión, que hay personas o situaciones que le están causando ansiedad. El primer paso consiste en tomar plena conciencia de ella, entrar en contacto, temblar, jadear, sentirla de verdad, invitarla a pasar, expresarla, y llegar así a comprender que uno es responsable, que es uno quien está tensándose, que es uno quien está bloqueando su propia excitación y por eso experimenta ansiedad.
Con ese giro, la ansiedad deja de ser un asunto entre uno y el entorno para volverse un asunto entre uno y uno mismo. Donde antes uno enajenaba su propia energía y luego se declaraba víctima de ella, ahora asume la responsabilidad de lo que se está haciendo a sí mismo. Es mi responsabilidad lo que me está pasando, por lo tanto, está también en mí mejorarlo integrándolo.
Segundo paso, la inversión
El segundo paso consiste en invertir la dirección de la proyección y hacer a los otros, con suavidad, lo que hasta ahora nos estábamos haciendo despiadadamente a nosotros mismos. Wilber ofrece una lista de traducciones que conviene leer despacio.
«El mundo me rechaza» se traduce libremente como «yo rechazo, al menos en este momento, al mundo entero». «Mis padres quieren que estudie» pasa a ser «yo quiero estudiar». «Mi pobre madre me necesita» se convierte en «yo necesito estar cerca de ella». «Tengo miedo de quedarme solo» se traduce como «que me parta un rayo si le dedico un minuto a alguien». Y «todos me miran con ojo crítico» pasa a ser «yo soy un crítico interesado de la gente».
El ejercicio no consiste en aceptar la versión invertida como si fuera la verdad literal, sino en probarla y observar qué resuena, cómo me siento con ella. Cuando una de esas inversiones toca algo en mí, el reconocimiento suele ser inmediato y bastante incómodo.
Un experimento para conocer tu propia sombra
Wilber propone además un procedimiento más general, que se apoya en algo que ya ha establecido. La sombra existe precisamente como lo opuesto de aquello que creemos consciente y deliberadamente ser.
De ahí se sigue que, si quieres saber cómo ve el mundo tu sombra, basta con que asumas exactamente lo contrario de lo que conscientemente deseas, te gusta, sientes, quieres, pretendes o crees. De esa manera puedes contactar conscientemente con tus opuestos, expresarlos, jugar con ellos y finalmente reconocerlos como tuyos.
Y añade la advertencia que da sentido a toda la operación. Los tendrás tú a ellos, o te tendrán ellos a ti, porque la sombra siempre acaba diciendo lo suyo. Podemos sabiamente ser conscientes de nuestros opuestos, o nos veremos forzados a cuidarnos de ellos.
Reconocer no es actuar
Este es el punto que más tranquiliza y con el que conviene cerrar, porque responde al miedo que casi todo el mundo tiene ante este trabajo.
Jugar con los opuestos, tomar conciencia de la sombra y llegar a reconocerla como propia no significa necesariamente actuarla. Wilber observa que casi todas las personas se resisten a confrontar sus opuestos por miedo a que estos las dominen. Y sostiene que la realidad es más bien la contraria.
Terminamos siguiendo los dictados de la sombra, totalmente en contra de nuestra voluntad, solo cuando la sombra permanece inconsciente.
Ken Wilber, en Meeting the Shadow
Dicho de otro modo, lo que nos hace actuar aquello que rechazamos no es mirarlo, sino no mirarlo. La persona que jamás admite su propia rabia es la que un día estalla sin entender qué le ocurrió. Reconocer un impulso como propio es precisamente lo que permite decidir qué hacer con él, en lugar de que él decida por nosotros.
Y hay algo en todo esto que vale la pena rescatar. Wilber dice que lo único que hace falta para integrar estas facetas es que nos tratemos con la misma amabilidad y comprensión que ofrecemos a nuestros amigos. Cita a Jung, quien se pregunta qué ocurriría si descubriéramos que el más pobre de los mendig
os y el enemigo mismo están dentro de nosotros, y que somos nosotros quienes necesitamos la limosna de nuestra propia bondad.
Quizás reconozcas una reacción desproporcionada que se repite, una persona que te remueve más de lo razonable, o la sospecha de que algo tuyo se te escapa justo cuando más lo necesitas. Si algo de esto resonó contigo, quiero que sepas que no tienes que recorrer ese camino en soledad. En mi consulta acompaño estos procesos a través del acompañamiento y la terapia de orientación existencial y de la consultoría filosófica, dos formas complementarias de explorar, con calma y sin prisa, las preguntas que de verdad importan. Trabajo tanto de manera presencial como en sesiones online, para que la distancia no sea un obstáculo. Si te gustaría dar un primer paso, estaré encantado de recibirte.
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Referencias
Este artículo se basa en el ensayo de Ken Wilber «Tomar responsabilidad por tu propia sombra», procedente de The Spectrum of Consciousness y recogido en Connie Zweig y Jeremiah Abrams (eds.), Meeting the Shadow. The Hidden Power of the Dark Side of Human Nature, Nueva York, Penguin. La cita de Carl Jung procede del mismo ensayo. Las traducciones son propias.





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