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¿Para qué estoy aquí? La cuarta motivación fundamental.

14 ago
9 min de lectura

Cuando puedo estar en el mundo, cuando me gusta la vida y cuando además logro encontrarme a mí mismo dentro de ella, están dadas las condiciones para la última pregunta. No basta con estar en el mundo y haberse encontrado. Nuestra presencia aquí está hecha también para que salgamos de nosotros mismos, para que no quedemos atrapados solo en nuestras propias necesidades, deseos y metas.


Längle usa una imagen que lo aclara. Si nos quedamos encerrados en lo nuestro, sería como vivir en una casa a la que nunca viene nadie de visita. Puede estar bien construida, ser cómoda y hasta hermosa, pero le falta aquello que hace que valga la pena tenerla. A eso se suma otro hecho que no podemos esquivar, que es que la existencia es pasajera. Y esa caducidad nos coloca delante de la pregunta por el sentido.


La pregunta rectora de esta cuarta motivación es sencilla de formular y difícil de responder. Estoy aquí, ¿para qué es bueno esto? O dicho de otra manera, ¿para qué sirve mi vida, qué es lo que tengo que hacer?


Las tres condiciones para poder vivir el sentido



Jean-François Millet, El sembrador (1850)

Para que alguien pueda experimentar sentido, y no solo pensar en él como una idea abstracta, hacen falta tres cosas. Un campo de acción, un entramado de relaciones y un valor en el futuro. Cada una responde a una pregunta concreta que conviene hacerse.


¿Tengo algo donde se me necesite, donde pueda ser productivo? ¿Me veo y me vivo dentro de un contexto mayor que le dé estructura y orientación a mi vida? ¿Hay algo que todavía deba llegar a ser en mi vida?


Cuando estas condiciones faltan, aparece el vacío, la frustración vital, incluso la desesperación, y a menudo alguna forma de adicción. Cuando están presentes, la persona encuentra el camino hacia la entrega y hacia la acción. Y la suma de esas experiencias es lo que constituye el sentido de la vida.


El campo de acción, donde se me necesita


El campo de acción es el terreno donde uno puede hacer algo que importe. Buena parte de él lo ocupan las tareas cotidianas de sostener la propia vida y la de la familia. Otra parte grande la ocupan el trabajo, la actividad social, los proyectos, los intereses y las aficiones.


Lo decisivo no es la actividad en sí, sino algo que ocurre dentro de ella. Cuando a una persona se le pregunta de este modo, cuando se la necesita, cuando el mundo le habla y le exige algo, en su vida aparecen puntos de orientación. Y entonces su actividad deja de ser mera ocupación y pasa a ser con sentido, porque da lugar a una obra o a un acto.


Frankl describió este campo mediante tres categorías de valores, que solía llamar las tres avenidas principales para encontrar sentido.


Los valores de creación se realizan cuando uno trae algo al mundo y lo enriquece activamente. Trabajar, cocinar, cuidar el jardín, defender a alguien. Los valores de vivencia consisten en poder experimentar algo bello o bueno que ya está ahí. La naturaleza, la música, el arte, la relación con otras personas, una conversación, el amor. Y los valores de actitud aparecen cuando alguien ya no tiene margen de acción para determinar su propio destino, porque incluso entonces le queda un pequeño resto de libertad, que es elegir cómo quiere afrontar aquello que no puede cambiar.


Una historia sobre los valores de actitud


Ese último punto suena abstracto hasta que se ve funcionando. Längle recoge un caso que contó David Spiegel, de la Universidad de Stanford.


Llamaron a Spiegel como psiquiatra para atender a un paciente chino de setenta años, con un cáncer incurable y un pronóstico que ya se le había comunicado. Había riesgo agudo de suicidio. Cuando entró en la habitación casi no cabía nadie más, porque estaban reunidas tres generaciones de la familia y todos lloraban. El cabeza de familia estaba sentado en una silla de ruedas en el centro del cuarto.


Spiegel pensó un momento qué podía hacer. Sabía lo que significa la familia en la tradición china, y recordó una historia de Viktor Frankl sobre el sentido existencial. Entonces le dijo al paciente que él sabía que iba a morir pronto, que todos los presentes lo sabían también, y que todos los que estaban allí tendrían que morir alguna vez. Y añadió que ahora todos lo estaban mirando a él para ver cómo lo hacía, porque querían aprender algo de él.


Se hizo un silencio absoluto en la habitación. El psiquiatra se despidió hasta el día siguiente, con dudas sobre su intervención, y con la intención de examinarlo bien y recetarle un medicamento cuando se fueran las visitas. No hizo falta. El paciente quedó libre de su estado depresivo y de la ideación suicida, y no necesitó ningún psicofármaco.

Lo que había ocurrido es que Spiegel llamó a la realidad por su nombre y le mostró al paciente cuál era su tarea existencial dentro del contexto de su familia y su condición médica, lo que lo sacó de la impotencia y la desesperación. Ese mismo día empezó a dar encargos a sus hijos como había hecho siempre, que el hijo arreglara el aire acondicionado de la casa, que la hija comprara una lavadora. Volvió a ocupar su posición de cabeza de familia según la tradición china. Vivió dos semanas más tal como había vivido siempre, reconciliado con una vida que merecía ser vivida a su manera también en esas dos últimas semanas.


El caso muestra bien lo que está en juego en esta motivación. No cambió nada de la situación médica. Lo que cambió fue que el hombre volvió a tener algo que hacer que solo él podía hacer, y alguien para quien hacerlo.


El entramado de relaciones, formar parte de algo mayor


La segunda condición son las relaciones estructurales en las que una persona se encuentra, en su familia, en su trabajo, y con aquello que valora y ama, como la naturaleza, el arte o los amigos. Esas relaciones forman una red de vínculos dentro de la cual se define lo que uno puede hacer y lo que se le pide.


Aquí ocurre algo que conviene notar porque funciona en dos direcciones. Gracias a esa red la persona se vuelve valiosa y significativa para otros, y también gracias a otros. Uno importa porque hay alguien para quien importa.


Cuando alguien ve esas conexiones, se incluye en ellas y las amplía, su existencia pasa a otro nivel, más complejo e integrado en un todo mayor, y deja de estar encerrada en lo puramente individual. El ser humano está atravesado por vínculos de tal manera que solo se vuelve comprensible cuando se lo mira dentro de un marco más amplio. Por eso hablamos de que la existencia humana está incluida en un contexto, un contexto en el que inevitablemente nos encontramos y en el que nos incluimos con cada uno de nuestros actos.


El valor en el futuro, algo que todavía debe llegar a ser



Jean-François Millet, El Ángelus (1857-1859)

La tercera condición añade una dimensión más, la del tiempo. Estar incluido en un entramado de relaciones se trasciende a su vez al ponerse en el contexto del futuro, en la dirección hacia la cual algo está llegando a ser.


Gracias a esto, la intención de la persona se dirige hacia valores que aún deben alcanzarse o crearse. Orientarse hacia ellos y trabajar en esa dirección es lo que sostiene el desarrollo continuo de una persona, ese llegar a ser permanente que va unido a influir creativamente sobre el propio futuro.


Hay una capacidad humana concreta detrás de esto. En nuestras acciones cotidianas podemos tener en cuenta y orientarnos hacia lo que todavía no está descubierto, hacia lo que solo está por venir, hacia lo que puede llegar a ocurrir. Esa capacidad de contar con lo que aún no existe pertenece a la esencia misma de la existencia. Y es la que permite que una persona realice sus posibilidades y llegue a ser aquello que, en su carácter inacabado, puede llegar a ser.


La actitud que hace posible todo lo anterior


No basta con estar en un campo de acción, saberse dentro de un contexto y tener valores en el futuro. Hace falta además una actitud determinada, que Längle llama fenomenológica y que describe como el acceso existencial a la propia existencia.

Es una actitud de apertura, en la que se trata de dejarse preguntar por la situación. Las preguntas que la formulan son estas. Qué quiere de mí esta situación ahora, a qué debo responder.


Esto invierte la dirección habitual de la búsqueda. No se trata solo de qué puedo esperar yo de la vida, sino, fiel al carácter dialógico de la existencia, de qué quiere la vida de mí, qué espera de mí la situación, qué puedo y qué debo hacer ahora tanto por otros como por mí mismo. Qué demanda la situación de mí y qué puedo dar yo.


Y la aportación activa de la persona en esa actitud consiste en ponerse de acuerdo con la situación y en examinar si lo que hace también es bueno, para los demás, para uno mismo, para el futuro y para el mundo en el que uno está. Al actuar conforme a eso, la existencia se cumple, obtiene su sentido.


Del sentido a la voluntad


Sobre la base del poder, el gustar, el poder ser uno mismo y el deber, la persona queda por fin enteramente dispuesta a actuar, y puede desarrollar un querer fundado y fuerte. Längle define la voluntad como un sí a un valor, unido a la disposición a comprometerse activamente por él. Es, dice, un encargo de acción que la persona se da a sí misma.


Conviene distinguir para no confundirnos entre lo que es voluntad y lo que es deseo, porque se confunden con facilidad y es un tema frecuente en consulta. Ambos se dirigen hacia un valor. Pero querer significa estar dispuesto a emplearse activamente y a asumir los esfuerzos y los costos, mientras que en el deseo la persona permanece pasiva y espera que aquello se cumpla por sí solo. Tener demasiados deseos, como querer una relación, tener éxito o ser feliz, puede instalar una actitud vital pasiva que termina en una parálisis interior.


La ejecución activa de la voluntad lleva a la acción. Y actuar es, en este sentido, conducta querida y decidida, a diferencia de la otra clase de conducta, que es el reaccionar automático y no querido. Cuando la persona está inmersa y entregada en lo que hace, eso puede vivirse como un despegue y llevar a una experiencia de flujo.


Prueba esto. Ante una situación que te preocupa, cambia la pregunta. En lugar de preguntarte qué esperas tú de ella, pregúntate qué te está pidiendo a ti. Qué quiere de mí esta hora, este momento, este contexto. A qué debo responder. Es un giro pequeño que suele mostrar cosas que la otra pregunta no muestra.


Prueba también esto. Repasa algo que dices querer y comprueba si es voluntad o deseo. La diferencia está en si estás dispuesto a asumir el esfuerzo y el costo que implica, o si estás esperando que ocurra. Si es lo segundo, la pregunta útil no es cómo tener más fuerza de voluntad, sino qué valor hay ahí que todavía no has llegado a sentir. ¿Quieres que algo simplemente ocurra o quieres hacer tú mismo que eso ocurra?


Con esto se cierra el recorrido


Las cuatro motivaciones se sostienen unas a otras. Poder estar aquí da el suelo. Que la vida guste da el calor. Poder ser uno mismo da la forma propia. Y el sentido da la dirección, aquello hacia lo cual todo lo anterior se pone en movimiento.


Si notas que llevas tiempo con una sensación de vacío, que cumples tus tareas sin que nada tenga peso, o que te cuesta encontrar hacia dónde ir, vale la pena mirar estas tres condiciones. Dónde se te necesita, de qué formas parte, y qué está esperando todavía llegar a ser en tu vida.


Quizás reconozcas una sensación de vacío que no se va, la impresión de estar cumpliendo sin que nada tenga peso, o la dificultad para saber hacia dónde quieres ir. Si algo de esto resonó contigo, quiero que sepas que no tienes que recorrer ese camino en soledad. En mi consulta acompaño estos procesos a través del acompañamiento y la terapia de orientación existencial y de la consultoría filosófica, dos formas complementarias de explorar, con calma y sin prisa, las preguntas que de verdad importan. Trabajo tanto de manera presencial como en sesiones online, para que la distancia no sea un obstáculo. Si te gustaría dar un primer paso, estaré encantado de recibirte.


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Si estas preguntas resuenan contigo, mi trabajo en orientación filosófica y análisis existencial ofrece un espacio de diálogo para reflexionar sobre cómo estás viviendo y qué vida deseas construir. Si te gustaría dar ese paso, te invito a ponerte en contacto conmigo.


Referencias


Este artículo se basa en la obra de Alfried Längle, Existenzanalyse und Logotherapie (Análisis Existencial y Logoterapia), Stuttgart, Verlag W. Kohlhammer, 2021, y en Lehrbuch zur Existenzanalyse. Grundlagen (Manual de Análisis Existencial. Fundamentos), Viena, Facultas, 2013. Las tres categorías de valores provienen de Viktor Frankl. El caso clínico fue relatado por David Spiegel, de la Universidad de Stanford, y recogido por Längle. Las traducciones son propias.

 
 
 

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