Cuando la racionalidad no te deja vivir: el ocio según Aristóteles
Casi todos tenemos un camino que recorremos a diario para ir al trabajo. Lo conocemos tan bien que podríamos hacerlo con los ojos cerrados, y en cierto sentido es justamente lo que hacemos. No miramos los árboles, no reparamos en el cerro que aparece al fondo ni en el color que tiene el cielo esa mañana. Pensamos en la reunión que viene, calculamos si vamos a llegar a tiempo, nos molesta el semáforo que nos quita dos minutos. Ese camino existe solo como la distancia entre donde estamos y donde tenemos que estar, y mientras más corto y rápido, mejor.

Ahora pensemos en otro camino, por ejemplo la Carretera Austral. Quien la recorre no busca llegar lo antes posible a Villa O'Higgins. Se detiene en las curvas, se baja a mirar un glaciar, deja que un tramo de ripio le tome el doble de lo previsto sin que eso sea un problema. El camino ya no es un obstáculo entre dos puntos, es lo que se fue a buscar. Lo curioso es que ambos son caminos, y que la diferencia no está en el asfalto sino en el modo en que nos relacionamos con ellos.
Este artículo trata de esa diferencia. De cómo una forma particular de racionalidad, la que calcula costos y beneficios, se va instalando en nuestra vida hasta convertirse en la única manera de estar en el mundo, y de por qué hay cosas, como el arte, el disfrute o el encuentro con otros, a las que simplemente no se puede llegar desde ahí.
La racionalidad económica como forma de vida
En 1932 el economista británico Lionel Robbins propuso una definición que terminó marcando a toda la disciplina. La economía, decía, es la ciencia que estudia la conducta humana como una relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos. Desde entonces, casi todos los manuales de introducción a la economía parten de alguna versión de esta idea. Tenemos tiempo, dinero y energía limitados, y ser racional significa usarlos de la mejor manera posible para alcanzar lo que queremos.

Conviene ser justos con Robbins. Su definición no dice qué debemos querer. Él mismo insistía en que la economía es neutral respecto de los fines y que no le corresponde juzgarlos. El problema no está en la definición, que como herramienta para entender ciertos fenómenos es muy útil, sino en lo que ocurre cuando esa forma de pensar se vuelve un hábito. Porque la usamos todo el tiempo. Elegimos el supermercado más barato, la ruta más corta, la opción que menos tiempo nos quita, y en esos casos tiene todo el sentido hacerlo.
Lo que pasa es que un modo de operar que usamos de manera recurrente termina siendo también el modo en que vivimos. Sin darnos cuenta empezamos a mirar todo como un medio escaso para otra cosa. Una conversación se mide por lo que nos aporta, una tarde libre por lo productiva que fue, un libro por lo útil que resulta, y hasta el descanso se justifica porque nos permite rendir mejor el lunes. Así, de a poco, nada vale por sí mismo. Todo está ahí para algo más, que a su vez está para otra cosa, y esa cadena no termina nunca. Es el camino al trabajo extendido a la vida entera.
Heidegger y el mundo del "para qué"
Martin Heidegger describió con mucha precisión esta manera de estar en el mundo. En Ser y tiempo muestra que, en nuestra vida cotidiana, las cosas no se nos aparecen primero como objetos neutros que observamos desde afuera, sino como útiles. El martillo es para clavar, el clavo para sujetar la tabla, la tabla para construir la casa, la casa para protegernos. Cada cosa remite a otra en una red de "para qué" en la que estamos completamente inmersos.
Lo interesante es que mientras ese entramado funciona, no lo vemos. Quien martilla no piensa en el martillo, piensa en la tarea, y el martillo desaparece en su uso. Heidegger señala que el útil recién se nos hace visible cuando falla, cuando el martillo se rompe o no está donde debería. Algo parecido pasa con el camino al trabajo. Solo reparamos en él cuando hay un taco, y entonces aparece, pero aparece como estorbo.
Esto ayuda a entender por qué cuesta tanto salir de este modo de estar. No es una decisión que tomamos cada mañana, sino el trasfondo desde el cual todo se nos presenta. Estamos tan instalados en la red del "para qué" que ni siquiera la notamos como una forma entre otras de relacionarnos con el mundo. Simplemente nos parece la realidad.
La técnica y el río
Años después, en La pregunta por la técnica, Heidegger fue más lejos. Sostuvo que lo propio de la técnica moderna no son las máquinas, sino una manera de mirar que le exige a la naturaleza entregar energía que pueda ser extraída y almacenada. Bajo esa mirada todo se vuelve existencias disponibles, recursos a la espera de ser usados.
Su ejemplo es el río Rin. Cuando se construye una central hidroeléctrica, el río pasa a ser un proveedor de presión de agua. Ya no es la central la que está construida en el río, dice Heidegger, sino el río el que queda emplazado en la central. Frente a eso pone otro Rin, el del himno de Hölderlin, donde el mismo río aparece como algo que se canta y se contempla. Es el mismo río visto desde dos lugares completamente distintos.
Hay un detalle del texto que vale la pena no pasar por alto. Heidegger advierte que incluso el Rin como paisaje puede convertirse en recurso, cuando queda reducido a un objeto que la industria del turismo ofrece a grupos de visitantes. La Carretera Austral también puede recorrerse así, como una lista de lugares por marcar y fotos por publicar, con la misma lógica del trayecto al trabajo. La diferencia, entonces, no está en el lugar sino en la actitud con la que lo recorremos.
El ocio según Aristóteles
Mucho antes, Aristóteles había pensado esta misma tensión desde otro ángulo. En la Ética a Nicómaco afirma que trabajamos para tener ocio, del mismo modo que se hace la guerra para tener paz. La frase hoy suena casi provocadora, porque nosotros la invertimos. Para nosotros el ocio es el tiempo que nos sobra, el descanso necesario para volver a trabajar.
Para Aristóteles era al revés. La palabra griega para ocio es scholé, de la que viene nuestra palabra escuela. El ocio no era no hacer nada, sino el espacio de las actividades que valen por sí mismas, como pensar, contemplar, conversar con amigos o disfrutar de la música. El trabajo, en cambio, se definía por negación. Los griegos lo llamaban ascholia, la falta de ocio, y los romanos hicieron lo mismo con otium y negotium, de donde viene nuestra palabra negocio, que literalmente significa la negación del ocio.
En la Política, Aristóteles distingue además entre el ocio y el mero entretenimiento. El juego y la diversión sirven para descansar del esfuerzo, y por eso siguen al servicio del trabajo. El ocio verdadero es otra cosa. Es el lugar donde se juega aquello que hace que la vida valga la pena, y por eso es el fin al que el trabajo debería estar ordenado.
Visto así, el problema de nuestra época no es solo que trabajemos demasiado. Es que hemos convertido incluso el tiempo libre en un medio, y con eso perdimos el lugar donde las cosas podían valer por sí mismas. Visto así, el ocio según Aristóteles nos muestra que el problema de nuestra época no es solo que trabajemos demasiado.
Lo que no cabe en el cálculo

Hay experiencias a las que simplemente no se puede llegar desde la lógica del cálculo. Una obra de arte no se aprecia preguntándose para qué sirve. Una amistad que se cultiva por lo que nos aporta deja de ser amistad. El disfrute de un paisaje desaparece en el momento en que lo medimos por el tiempo que nos tomó llegar. Son relaciones que exigen otra manera de estar presentes, más abierta, más paciente y menos preocupada por el resultado.
Heidegger propuso para esto una actitud que llamó serenidad (Gelassenheit). No se trata de rechazar la técnica ni de volver a una vida sin cálculo, cosa que sería imposible y tampoco deseable. Se trata de poder usar los objetos técnicos y, al mismo tiempo, no quedar atrapados en ellos, diciéndoles sí y no a la vez. Usar el camino al trabajo como trayecto cuando hace falta, sin olvidar que hay otros caminos, y que el mismo camino podría recorrerse de otra manera.
Desde el Análisis Existencial, Alfried Längle diría que aquí está en juego nuestra relación con la vida misma. Para que algo llegue a tener valor para nosotros hace falta acercarnos, darle tiempo y dejarnos tocar por ello. Ninguna de esas tres cosas puede darse si lo que nos mueve es la eficiencia, y sin ellas nada llega realmente a importarnos.
Prueba esto. Elige esta semana una actividad que hagas solo porque sí, sin que tenga que servir para nada. Puede ser caminar sin destino, escuchar un disco completo, cocinar sin apuro o recorrer un camino conocido mirando lo que normalmente no miras. Observa en qué momento aparece la voz que pregunta para qué estás haciendo eso, o que te recuerda todo lo que podrías estar haciendo en su lugar. No hace falta callarla. Basta con notarla y quedarte un rato más.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la racionalidad instrumental? Es la forma de razonar que se ocupa de encontrar los mejores medios para alcanzar un fin dado, sin preguntarse si ese fin vale la pena. Es muy útil para resolver problemas prácticos, pero se vuelve un problema cuando pasa a ser la única manera de relacionarnos con todo.
¿Qué decía Aristóteles sobre el ocio? Que el ocio es el fin del trabajo y no su descanso. Trabajamos para tener ocio, y el ocio es el espacio de las actividades que valen por sí mismas, como pensar, contemplar o compartir con otros.
¿Qué es la serenidad según Heidegger? Es una actitud que permite usar los objetos técnicos sin quedar dominados por ellos, diciéndoles sí y no al mismo tiempo y manteniéndonos abiertos a otras formas de relacionarnos con las cosas.
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Referencias
Aristóteles. Ética a Nicómaco, libro X, capítulo 7.
Aristóteles. Política, libros VII y VIII.
Heidegger, Martin. Ser y tiempo, §§ 15 a 18. Trad. Jorge Eduardo Rivera. Santiago, Editorial Universitaria, 1997.
Heidegger, Martin. "La pregunta por la técnica", en Conferencias y artículos. Trad. Eustaquio Barjau. Barcelona, Ediciones del Serbal, 1994.
Heidegger, Martin. Serenidad. Trad. Yves Zimmermann. Barcelona, Ediciones del Serbal.
Robbins, Lionel. An Essay on the Nature and Significance of Economic Science. Londres, Macmillan, 1932.





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