¿Se me permite ser yo mismo? La tercera motivación fundamental de Längle
Actualizado: 3 sept
Quien tiene su espacio vital (primera motivación fundamental) y encuentra valor en su vida (segunda motivación fundamental) ya puede, en cierto modo, vivir, y lo que tiene es bueno y sólido. Si lo pensamos como la construcción de una casa, la estructura está terminada, las instalaciones puestas, el agua, la calefacción, los muebles. Pero falta algo. Falta el sello individual, el estilo propio.
Para una vida plena no basta con que haya una cama, un armario y unos cuadros cualesquiera en la habitación. ¿Combinan esas cosas entre sí según mi gusto? ¿Me gustan a mí? Esto significa que no basta con poder decir «qué bueno que existo». Cuando eso está asegurado, la vida vuelve a interpelarnos y exige que seamos también nosotros mismos.
La pregunta rectora de esta tercera motivación fundamental es, por tanto, una pregunta que se puede volver incómoda pero que es necesaria. ¿Está bien así como soy? ¿Puedo respaldarme a mí mismo y a mis actos? ¿Soy yo, tal como soy? ¿Puedo ser yo mismo? ¿Hasta qué punto mi vida es mía?
El anhelo de ser reconocido como persona

Lo que está en juego en este nivel es que se reconozca la manera única que cada uno tiene de vivir, pensar, sentir y actuar. No basta con que nos acepten en general, queremos que nos acepten siendo como somos. Y eso no es un capricho, porque para el Análisis Existencial ser persona significa precisamente ser alguien irrepetible, alguien que no puede ser sustituido por ningún otro. Ser auténtico no es entonces una aspiración añadida a la vida, sino la forma en que llegamos a ser realmente personas y no una copia de lo que se espera de nosotros.
Por eso forma parte de nuestra condición el querer poder dar la cara, tanto ante los demás como ante nosotros mismos. Cada uno tiene, en sentido figurado, un rostro propio que quiere conservar. Y por eso duele tanto que nos condenen, nos rechacen, nos desprecien o se rían de nosotros, porque no atacan lo que hacemos sino lo que somos. Necesitamos que alguien reconozca la forma particular en que hemos hecho nuestra vida, no una versión genérica de nosotros.
De aquí se sigue algo que suele confundirse con egoísmo. Si ser persona es ser alguien único, entonces hay que poder distinguir qué es mío y qué es ajeno, y marcar esa frontera. Sin ella no hay nadie ahí, solo alguien que se adapta a lo que se espera y termina viviendo una vida que no reconoce como suya. Ser auténtico, en este sentido, no consiste en hacer lo que a uno se le antoje, sino en poder sostener quién se es, lo que se hace y cómo se ha llegado hasta aquí, sin tener que disculparse por ello.
Las tres condiciones, atención, justicia y valoración
Para poder ser uno mismo, desarrollarse tal como uno es y no quedar expuesto a heridas y a la alienación, hacen falta tres condiciones. Conviene detenerse en cada una.
La atención respetuosa, ser visto de verdad
Para poder ser yo mismo necesito ser visto por otro, necesito la mirada atenta de alguien dirigida hacia mí. Que alguien me trate con atención respetuosa, lo que significa que me dedica su atención, que me toma en cuenta, que respeta mis límites y que me devuelve información sobre mí.
De esta manera la persona va interiorizando poco a poco esa experiencia de ser atendida por otros, y aprende cada vez más a dirigirse esa misma atención a sí misma. Al conocerse mejor, va construyendo una imagen de sí y delimitándose de los demás. Y esa distancia necesaria es la base del respeto propio, por la singularidad de la nuestra y también de la vida en común con otros. El movimiento es doble, yo respeto la autenticidad del otro, le presto atención, pero también espero eso para mí.
El trato justo y la voz de la conciencia
A medida que uno se va formando como persona, aparece la sensación de tener un centro propio, un valor propio y una voluntad propia. Tomarse a sí mismo en serio, hacer caso de eso que uno siente y quiere, ya es una forma de tratarse con justicia. Y cuanto más dueña de sí es una persona, más le importa que los demás también la traten así.
El trato injusto duele de una manera particular. No duele solo por el perjuicio concreto, sino porque pasa por alto lo que uno es y pone en duda que uno importe como el alguien único que es. Sin embargo, aquí contamos con un recurso decisivo, que es la capacidad de sentir cuándo algo es justo y cuándo no. Ese sentido de lo correcto es lo que Längle vincula con la conciencia moral, y funciona como una brújula interna que nos indica si estamos obrando bien, tanto con los demás como con nosotros mismos. Gracias a ella, uno no depende del veredicto ajeno para saber que tiene derecho a ser como es.
Cuando otra persona me trata con justicia ocurre algo importante. Confirma desde fuera esa sensación de lo correcto que yo ya percibía dentro de mí, y al verme de verdad me ayuda a verme mejor a mí mismo. Eso me permite después tomar posición con claridad, tanto a favor mío como a favor de los demás. Una persona es justa consigo misma cuando siente que no se pasa de largo a sí misma, que se tiene a sí misma, que está consigo y que no se traiciona. En términos psicológicos, eso es exactamente lo que sentimos como dignidad propia. Esto significa poder estar conmigo, con mis decisiones, porque las tomé a consciencia.
La valoración, que alguien vea lo que vale en ti
Alguien puede tratarme con justicia sin que exista entre nosotros ningún vínculo cercano. Un jefe puede ser escrupulosamente justo conmigo y aun así no tener idea de quién soy. Por eso la tercera condición va más lejos y es mucho más personal. La valoración consiste en que alguien aprecie algo en mí, en que vea qué tengo de valioso y me lo haga saber.
Cuando eso ocurre, pasa algo que cambia por dentro. La apreciación de otro no se queda fuera, sino que me obliga a preguntarme cómo me miro yo a mí mismo. Si alguien valora en mí algo que yo nunca había mirado, o que incluso despreciaba, esa mirada ajena me invita a revisar la mía. Así, entre lo que otros aprecian en mí y lo que yo mismo llego a apreciar, se va formando y afirmando la imagen que tengo de quién soy, y sobre esa base se asienta la autoestima.
El resultado es difícil de definir pero fácil de reconocer cuando uno lo ve en alguien. Es una persona que coincide consigo misma, que no está actuando un papel, y que puede sostener quién es sin necesidad de defenderse ni de justificarse. Eso se nota desde fuera, y le da una autoridad natural que no viene de ningún cargo ni de ningún título, sino simplemente de estar bien plantada en lo que es.
Lo que puedes hacer tú, mirar con atención
Estas condiciones dependen en parte de otros, pero no del todo. Längle señala una actividad personal específica de esta tercera motivación, y es mirar con atención, detener la mirada en uno mismo, advertir lo propio.
Mirarse con atención vuelve a la persona más accesible personalmente y favorece los encuentros auténticos con otros, lo que a su vez refuerza las condiciones de esta misma motivación. Es un movimiento recíproco. Cuanto mejor te conoces y te sostienes, más disponible estás para el encuentro, y cuanto más real es el encuentro, más te reconoces.
Cuando falla, la vergüenza y la pérdida de uno mismo

Cuando esta motivación queda insatisfecha, la persona se pierde de vista a sí misma. Deja de tener acceso a su forma genuina de ser y termina resultándose extraña, como si viviera junto a alguien a quien no conoce del todo. A este tipo de personas les cuesta mucho estar solas, porque no saben qué hacer, no saben lo que les es propio, lo que en verdad les gusta. Una manera sencilla de ver qué tan en contacto estoy conmigo mismo, es pasar tiempo a solas sin buscar distracciones y observar qué tan cómodo o incómodo me siento.
Längle describe varios rasgos que suelen aparecer cuando alguien no se tiene a sí mismo. Hay un sufrimiento por el vacío interior y un dolor grande que ha quedado reprimido. Hay también una dependencia insaciable de los demás, porque solo a través de su mirada la persona logra sentirse vista, querida o admirada. Y hay una dificultad para mantener límites o para comprometerse, arrastrada por un impulso desmedido de permanecer «libre».
Un caso que relata Längle lo muestra con claridad. Una mujer de cuarenta y seis años vivía sola y sin pareja estable, según ella «porque así lo quiero», aunque en el fondo le costaba mucho estar sola. Durante el confinamiento de 2020 se le hizo evidente que estaba más sola de lo que habría querido, y por primera vez pudo reconocerlo. Le resultó enormemente vergonzoso admitirlo, y nunca se lo había dicho ni siquiera a sus mejores amigas.
Cuando el terapeuta le preguntó por qué le daba tanta vergüenza, salió a la luz un sentimiento que jamás había compartido con nadie. Se consideraba a sí misma tan terrible que nadie podría interesarse por ella, y ahora, encerrada, tenía además que soportarse todo el día. Y seguía diciendo que no era extraño que nadie se interesara, y que precisamente por ser tan penosa no hablaba nunca de sí misma, porque no le importaría a nadie y solo resultaría incómodo.
Se criticaba sin descanso, se desvalorizaba y no soportaba los elogios, que le provocaban de inmediato una vergüenza intensa. No sabía mantener un diálogo consigo misma, ni siquiera sabía cómo se hacía algo así. Lo único que conocía era desvalorizarse, criticarse y esconderse avergonzada.
Detrás de todo eso había un sufrimiento enorme. En el fondo era el miedo de muerte de la niña que fue, con un padre alcohólico y un secreto familiar que no podía salir a la luz. Lo había callado toda su vida, siempre alerta para que nadie notara nada. Längle lo formula de un modo que vale la pena retener, y es que la vergüenza ahogaba el diálogo consigo misma y con los demás. Por eso tampoco le era posible ser ella misma, porque para poder serlo hay que poder mirarse y hablarse. Trabajar exactamente eso en terapia le trajo una gran liberación interior.
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Prueba esto. Ante una decisión, pregúntate si esto eres realmente tú o si estás intentando complacer a alguien, o a una idea que tienes de ti. Poner un límite pequeño y honesto suele ser un acto poderoso de respeto hacia uno mismo, porque decir que no a otros también es decirse que sí a uno mismo.
Prueba esto. La próxima vez que alguien te haga un elogio, intenta no desviarlo ni quitarle importancia, solo recibirlo y notar qué se siente. Si aparece incomodidad, esa incomodidad es información valiosa sobre cómo te tratas a ti mismo.
Del «puedo ser yo mismo» a lo que viene después
Esta tercera motivación se apoya en las dos anteriores y prepara la cuarta. Cuando puedo estar aquí, cuando me gusta vivir y además puedo encontrarme a mí mismo en esa vida, están dadas las condiciones para la última pregunta, la del sentido.
Si notas que llevas tiempo representando un papel, que te cuesta saber lo que realmente quieres cuando nadie te mira, o que te tratas a ti mismo con una dureza que jamás usarías con alguien a quien quieres, vale la pena volver a este nivel.
Quizás reconozcas la sensación de no saber del todo quién eres, la dificultad para poner límites, o una autocrítica que no da tregua. Si algo de esto resonó contigo, quiero que sepas que no tienes que recorrer ese camino en soledad. En mi consulta acompaño estos procesos a través del acompañamiento y la terapia de orientación existencial y de la consultoría filosófica, dos formas complementarias de explorar, con calma y sin prisa, las preguntas que de verdad importan. Trabajo tanto de manera presencial como en sesiones online, para que la distancia no sea un obstáculo. Si te gustaría dar un primer paso, estaré encantado de recibirte.
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Si estas preguntas resuenan contigo, mi trabajo en orientación filosófica y análisis existencial ofrece un espacio de diálogo para reflexionar sobre cómo estás viviendo y qué vida deseas construir. Si te gustaría dar ese paso, te invito a ponerte en contacto conmigo.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la tercera motivación fundamental? Es la tercera de las cuatro condiciones de una existencia plena según el Análisis Existencial de Alfried Längle. Se refiere a nuestra relación con nosotros mismos y su pregunta es «soy yo mismo, pero ¿puedo serlo?». Se apoya en tres condiciones, que son la atención respetuosa, el trato justo y la valoración.
¿Cómo se construye la autoestima según el Análisis Existencial? A partir de haber sido visto, tratado con justicia y valorado por otros, y de ir interiorizando ese trato hasta poder dárselo uno mismo. La valoración ajena estimula la propia apreciación de la conducta, y de esa doble valoración se asienta la base de la autoestima.
¿Qué papel tiene la conciencia en poder ser uno mismo? La capacidad de sentir lo justo y lo injusto es lo que da a la persona el derecho a ser tal como es, porque puede orientarse por ese sentimiento que le muestra si está obrando bien. Cuando otro nos trata con justicia, confirma esa percepción interior y profundiza la relación con nosotros mismos.
¿Por qué la vergüenza impide ser uno mismo? Porque ahoga el diálogo con uno mismo y con los demás. Quien se avergüenza profundamente de lo que es tiende a esconderse, no habla de sí, no soporta los elogios y solo conoce la autocrítica, de modo que nunca llega a construir una relación consigo mismo.
¿Poner límites es egoísta? No. Según Längle, ser persona exige delimitar lo propio frente a lo ajeno, porque solo así se hace justicia al carácter insustituible de cada uno. Sin esa delimitación no hay un sí mismo que pueda entrar en relación auténtica con otros.
Referencias
Este artículo se basa en la obra de Alfried Längle, Existenzanalyse und Logotherapie (Análisis Existencial y Logoterapia), Stuttgart, Verlag W. Kohlhammer, 2021, y en Lehrbuch zur Existenzanalyse. Grundlagen (Manual de Análisis Existencial. Fundamentos), Viena, Facultas, 2013. Längle desarrolló el Análisis Existencial a partir de la obra de Viktor Frankl y es fundador de la Sociedad Internacional de Análisis Existencial y Logoterapia (GLE-International). Las traducciones de los pasajes citados son propias.





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