¿Me gusta estar vivo? La segunda motivación fundamental de Längle
Actualizado: 3 sept
Poder estar aquí no basta. La primera motivación fundamental nos dio el cuerpo para vivir y un espacio protegido, pero todavía falta el pulso, el calor, aquello que hace habitable la existencia. Poder simplemente estar sería, dice Alfried Längle, una vida como en un cuartel: en un cuartel se puede sobrevivir, pero no es hermoso.
Por eso la existencia nos plantea un segundo tema: queremos más que estar en el mundo. Queremos que nuestra vida sea buena. Buscamos aquello que la hace digna de ser vivida. La pregunta rectora de esta segunda motivación fundamental del Análisis Existencial es sencilla y va directo al centro: estoy vivo, pero ¿me gusta vivir?
Este artículo profundiza en esa segunda motivación: qué necesita para desarrollarse, por qué las emociones y el cuerpo son su territorio, qué ocurre cuando falla, y cómo empezar a fortalecerla en la vida cotidiana.

No solo asombrarse de existir, sino sentir que es bueno
El ser humano solo está existencialmente en casa cuando siente que su vida tiene valor. Quiere cosas y personas a las que pueda amar, porque si no su casa está desnuda. Y quie
re personas que a su vez lo amen a él, porque si no su casa está pobre. No quiere solamente asombrarse de que existe: quiere sentir que es bueno existir.
Para sentir esto necesitamos, en primer lugar, a otras personas que nos hayan querido y que nos sigan queriendo. Es fundamental para la existencia escuchar de otro: «¡Qué bueno que existas!» Calienta durante toda una vida el haber podido sentir que había una madre que quiso que yo viviera, que había un padre para quien era importante que yo existiera. Esa dedicación de los demás es la chispa con la que puede encenderse el amor por la propia vida.
Längle recuerda aquí la frase de Nietzsche: «El tú es más antiguo que el yo». Fuimos engendrados desde una relación y crecimos dentro de una relación en el vientre materno; vivimos un sí a nuestra vida mucho antes de poder darlo nosotros mismos. Las relaciones son tan fundamentales y necesarias para la vida como el espacio vital protegido.
El «sí a la vida» tenemos que decirlo nosotros
La dedicación que viene de fuera es importante y da calor a nuestra vida, pero no alcanza para que podamos desplegar el amor a la propia vida. El «sí a la vida» tenemos que pronunciarlo nosotros mismos. Sigue siendo una tarea personal sondear la profundidad de la vida y extraer su valor.
Muchas veces esto ocurre de forma espontánea e inconsciente, pero también podemos preguntarnos conscientemente por ese sí: estoy aquí, bien, pero ¿cómo es para mí que yo esté aquí? ¿Es bueno? ¿Es neutro? ¿Me resulta una carga vivir? ¿Puedo decir para mí y ante mí: algunas cosas podrían estar mejor, pero en el fondo está bien que yo esté en el mundo, estoy de acuerdo con ello, quiero vivir? Y si no puedo decirlo, si no lo siento, ¿qué me falta? ¿Qué me lo impide? ¿Qué podría hacer para que mejore?
Esa pregunta, ¿es bueno que yo exista?, condensa lo que el Análisis Existencial llama el valor fundamental de la vida. Si puedo decir sí a la vida, entonces también lo vivido y el vivir se vuelven valiosos. Porque si no es bueno vivir, ¿qué valor podrían tener el atardecer, el concierto, el amor?
Las tres condiciones: relación, tiempo y cercanía
Para llegar a una vida verdadera dentro de las condiciones y exigencias del estar-aquí, hacen falta tres condiciones: relación, tiempo y cercanía. Conviene detenerse en cada una, porque cada una se cultiva de una manera distinta.
La relación: el puente que nos vincula
La relación con alguien comienza ya en el momento en que percibimos al otro. Cuando descubrimos su ser, eso afecta a nuestro propio ser de tal modo que inevitablemente tenemos que relacionarnos con él. En cuanto notamos una cosa o una persona, ya no podemos dejar de relacionarnos: desde ese instante ya no podemos «no tener relación» con ellos.
Esta forma básica de relación crea un puente gracias al cual, al entrar en relación, la persona llega a estar vinculada con otros. Y las relaciones que surgen trazan un marco y crean una protección para que la fuerza vital pueda crecer. Por eso cultivar la relación significa dejarse afectar en lugar de mantenerse a una distancia segura: volverse de verdad hacia alguien o hacia algo, y permitir que nos toque.
El tiempo: el espacio donde nacen los sentimientos
La vida transcurre únicamente en el tiempo. Si le dedicamos tiempo a alguien o a algo, allí la vida se condensa. Dedicar tiempo a alguien o a algo significa aumentar su valor, porque el tiempo de una persona es siempre el tiempo de su vida. El tiempo alimenta las relaciones, precisamente porque se recorta de la propia vida. Y dedicarse tiempo a uno mismo significa alimentar la relación consigo mismo.
El tiempo dedicado es lo que da la posibilidad de que surjan las emociones, permite que aparezcan el disfrute y la alegría, y también sentir el sufrimiento y el dolor. Por eso Längle lo define con una imagen muy precisa: el tiempo es el «espacio para las relaciones», el «espacio para los sentimientos».
Tomarse tiempo para uno mismo significa tener relación consigo mismo: vibrar por dentro en lugar de desconectarse; permitirse la alegría, es decir, disfrutar en lugar de consumir; y hacer de verdad un alto al terminar la jornada, celebrar en lugar de buscar más «acción».
La cercanía: dejar que las cosas nos dejen huella
El movimiento emocional que ha surgido en la persona puede intensificarse estableciendo cercanía con el objeto o la persona correspondiente. A través de la cercanía se produce, por así decirlo, una «impresión» del objeto en nuestra vivencia, y surge su imagen en forma de sentimiento.
Los sentimientos nacen en el sujeto cuando algo da un impulso a la vida dentro de él y esta se pone en movimiento. Y son precisamente los sentimientos los que nos permiten percibir los valores, es decir, la importancia que tienen para nuestra vida unos u otros objetos. Por eso, sin cercanía, la vida se observa desde la barrera, pero no se vive.
Las emociones y el cuerpo: el territorio de esta motivación
En este nivel motivacional se funda la capacidad de sentir y de vivenciar valores. Los valores relevantes para la vida, aquello que es «bueno», se perciben a través del sentir, no del razonamiento.
Längle introduce aquí una distinción útil: no es lo mismo el afecto provocado por un estímulo (la rabia, la diversión) que la emoción que emerge desde dentro (la alegría). Lo primero proviene de la psicodinámica; lo segundo, de lo personal. Aprender a distinguirlos ayuda a saber qué nos mueve de verdad.
Y como el sentir ocurre siempre en el cuerpo, esta segunda motivación es profundamente corporal. Las emociones viven en el calor, en las lágrimas, en el remezón que sentimos cuando algo nos conmueve. Atender esa capacidad corporal de sentir es lo que transforma la afirmación plana «estoy vivo» en la más cálida: «y me gusta estar aquí».
Cuando falla: del duelo a la depresión

Cuando faltan las condiciones para dar y recibir dedicación, aparecen reacciones de protección espontáneas: sobre todo retirarse o apartarse, pero también el activismo (estar «muy ocupado», perseguir logros sin descanso), el agruparse, la rabia que busca conservar la relación, o una especie de parálisis y desvalorización.
Si el vivenciar del valor fundamental no está presente, la persona tiende al repliegue interior y sufre bajo el vacío y el frío de la existencia desnuda. Una falta de asentimiento a la propia vida, un «no» incipiente a la vida, caracteriza el mundo vivencial depresivo. Quien no puede sentir dentro de sí el «sí a la vida» sufre bajo el sinvalor del existir.
Aquí es clave entender el duelo. El duelo es la pérdida de contacto con un valor que la vida nos presentaba, y puede sentirse y elaborarse sanamente mientras nos demos el espacio y el tiempo para sentir la pérdida. Cuando un duelo se bloquea, puede convertirse en una depresión. Längle ve el ánimo persistentemente bajo como, en parte, una relación herida con la vida y sus valores.
Lo ilustra con el caso de un hombre de veinticinco años que llevaba cinco con depresión. A los diecisiete había perdido un gran amor y nunca había elaborado esa pérdida: en su momento se vio desbordado por el dolor y no hubo nadie a quien confiarse. Con los años se fue perdiendo a sí mismo, entró en una distancia consigo, pasó a funcionar y cumplir tareas sin estar realmente presente por dentro. Ninguna lágrima llegaba ya; el duelo nunca había ocurrido. El tratamiento consistió en tomar contacto con aquello hacia donde él ya no podía sentir. Al amparo de la relación terapéutica pudo volverse hacia el gran dolor de la pérdida y sentir y sostener el duelo, acompañado y ya no solo. Gracias a esa dedicación hacia sí mismo, el sentir se liberó como del hielo y pudo entrar de nuevo en relación con la vida.
Es como si la depresión hubiera querido decirle, en palabras de Längle: «Yo, tu vida, quiero tu dedicación, también allí donde la vida duele».
Prueba esto: fíjate hoy en algo que disfrutes de verdad, como una canción, tu mascota o el rostro de alguien que amas, y dedícale toda tu atención por un momento, sin preocuparte de lo que te falta por hacer ese día. Relaciónate con ello, dale tu tiempo y tu cercanía, y percátate de cómo se siente en el cuerpo.
Prueba también esto: pregúntate con honestidad, ¿es bueno para mí que yo exista? Y si la respuesta no llega, no te fuerces a fabricarla; pregunta mejor qué te falta, qué te lo impide y qué pequeño paso podría mejorarlo. La plenitud en esta dimensión se construye con pequeños actos de volverse hacia lo bueno, no con grandes gestos.
Del «me gusta vivir» a lo que viene después

La segunda motivación se apoya en la primera y prepara las siguientes. Quien tiene su espacio vital y su valor de vida ya puede, en cierto modo, vivir, y lo que tiene es bueno y sólido. Pero todavía falta la nota personal, el estilo propio: eso es lo que aborda la tercera motivación fundamental.
Cuando notes que la vida se ha vuelto gris, funcional o fría, vale la pena volver a este nivel: revisar si estás dándote relación, tiempo y cercanía, y si hay algún duelo que nunca te permitiste sentir.
Si al leer esto sentiste que algo resonaba —quizás un cansancio que se parece más a un vacío, la sensación de estar funcionando sin estar presente, o un duelo que nunca tuvo lugar—, quiero que sepas que no tienes que recorrer ese camino en soledad. En mi consulta acompaño estos procesos a través del acompañamiento y la terapia de orientación existencial y de la consultoría filosófica, dos formas complementarias de explorar, con calma y sin prisa, las preguntas que de verdad importan. Trabajo tanto de manera presencial como en sesiones online, para que la distancia no sea un obstáculo. Si te gustaría dar un primer paso y reencontrar tu propio «me gusta vivir», estaré encantado de recibirte.
Publico artículos semanales sobre filosofía y psicología. Para recibir notificaciones, suscríbete aquí.
Si estas preguntas resuenan contigo, mi trabajo en orientación filosófica y análisis existencial ofrece un espacio de diálogo para reflexionar sobre cómo estás viviendo y qué vida deseas construir. Si te gustaría dar ese paso, te invito a ponerte en contacto conmigo.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la segunda motivación fundamental? Es la segunda de las cuatro condiciones de una existencia plena según el Análisis Existencial de Alfried Längle. Se refiere a nuestra relación con la vida y su pregunta es: estoy vivo, pero ¿me gusta vivir? Se apoya en tres condiciones: relación, tiempo y cercanía.
¿Qué es el valor fundamental de la vida? Es la vivencia profunda de que es bueno existir, que impregna todas nuestras emociones y relaciones. Se condensa en la pregunta «¿es bueno que yo exista?» y es la base sobre la cual otras cosas nos resultan valiosas.
¿Qué relación hay entre el duelo y la depresión? El duelo es la respuesta natural a la pérdida de un valor y sana cuando se le da espacio y tiempo para sentirse. Cuando el duelo se bloquea o nunca ocurre, puede derivar en depresión. Por eso el Análisis Existencial entiende el ánimo persistentemente bajo como, en parte, una relación herida con la vida.
¿Cómo se fortalece la segunda motivación fundamental? Cultivando las tres condiciones: entrando de verdad en relación y dejándose afectar, dedicando tiempo sin prisa a lo que importa, y permitiendo la cercanía con aquello que nos mueve. Ayuda mucho disfrutar en lugar de consumir y celebrar en lugar de buscar más actividad.
Referencias
Este artículo se basa en la obra de Alfried Längle, Existenzanalyse und Logotherapie (Análisis Existencial y Logoterapia), Stuttgart: Verlag W. Kohlhammer, 2021, y en Lehrbuch zur Existenzanalyse: Grundlagen (Manual de Análisis Existencial: Fundamentos), Viena: Facultas, 2013. Längle desarrolló el Análisis Existencial a partir de la obra de Viktor Frankl y es fundador de la Sociedad Internacional de Análisis Existencial y Logoterapia (GLE-International).





Comentarios