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¿Puedo ser o estar aquí? La primera motivación fundamental de Längle

1 may
8 min de lectura

Actualizado: 3 sept


Antes de preguntarnos si disfrutamos de la vida, si podemos ser nosotros mismos o para qué estamos aquí, hay una pregunta más básica y silenciosa que sostiene a todas las demás: ¿puedo ser aquí? Es la primera de las cuatro motivaciones fundamentales del Análisis Existencial, y trata de nuestra relación con el mundo. Su pregunta rectora, tal como la formula Alfried Längle, es sencilla y desconcertante a la vez: estoy aquí, pero ¿puedo ser? ¿Puedo, bajo las condiciones concretas de mi vida, existir realmente en este mundo?


Este artículo profundiza en esa primera motivación: qué necesita para desarrollarse, por qué el cuerpo es su suelo, qué ocurre cuando falla, y cómo empezar a fortalecerla en la vida cotidiana.


El acontecimiento más importante: «¡Yo soy!»



Längle parte de una constatación que solemos pasar por alto de tan evidente: el acontecimiento más grande es haber llegado al mundo, simplemente estar aquí. «¡Yo soy! Bajo todas las circunstancias de la vida, yo soy. Existo.» Esa es, para el Análisis Existencial, la base ontológica de nuestra vida, el punto de partida de todo lo demás. Pero no basta con saberlo intelectualmente; hay que experimentarlo, sentirlo en el cuerpo y en el contacto con el mundo.


Precisamente porque estar aquí nos parece tan obvio, dejamos de prestarle atención, y así podemos perder el acceso a ese suelo. Längle lo describe con una imagen cotidiana: los niños juegan con esta estructura básica de la existencia cuando se esconden y se dejan encontrar, cuando de pronto «no están» y luego «vuelven a estar». Recuperar el asombro de que uno exista, de que «me haya tocado ser, justo yo, aquí, en este mundo y en este tiempo», es una manera de reconectar con ese fundamento del ser que siempre está disponible.


Las tres condiciones: protección, espacio y sostén


Para poder responder que afirmativa a la pregunta «¿puedo ser aquí?», el ser humano necesita en cada situación tres cosas: protección, espacio y sostén. Längle lo explica con la metáfora de una casa: las paredes y el techo nos protegen de la lluvia y del frío; el interior crea un espacio vital donde vivir; y el suelo nos da el sostén sobre el que podemos estar de pie.


Cuando una persona se siente de forma continua protegida, sostenida y segura, desarrolla lo que Längle llama confianza fundamental: una certeza serena de que el ser la sostiene, que se opone a la angustia de fondo. Así puede, por fin, ser aquí. Conviene detenerse en cada una de estas tres condiciones, porque cada una tiene su propia textura y manera de fortalecerse.


La protección: sentirse en buenas manos


La protección responde a la pregunta de qué constituye las «paredes» de la casa de nuestra existencia. Tiene una cara física y otra psicológica y espiritual. En lo físico, necesitamos protección frente a las amenazas de la naturaleza y de otras personas: seguridad ante la violencia, condiciones sociales estables, un entorno fiable. Pero la mejor protección psicológica la recibimos cuando somos aceptados: en una conversación en la que se nos escucha con atención, en una relación, en el trabajo, en la fe. Cuando a alguien se le acepta, siente que todo está bien, como si estuviera «en buenas manos».


Aquí pesa mucho la biografía de cada uno: cuánta aceptación recibió a lo largo de su vida de las personas importantes para él, o cuánta inseguridad arrastra en relación con los vínculos cercanos. La persona, además, necesita también protección en el plano espiritual, y la recibe sobre todo a través del reconocimiento y el respeto de los demás. Cuando esta protección falta, se desarrollan inseguridad, desconfianza y, a veces, heridas ligadas a experiencias como la traición, un accidente, una enfermedad, la violencia o la muerte de seres queridos.


El espacio: tener sitio para respirar



El espacio es la condición más olvidada de las tres, y sin embargo es imprescindible para el estar-aquí. Längle distingue varios niveles: el espacio físico, un lugar donde uno pueda estar y que los demás también le concedan; el espacio psicológico en las relaciones, en la familia, en el trabajo, en la propia historia de vida; el espacio frente a los propios problemas, pensamientos y sentimientos; y el espacio espiritual para pensar, sentir, experimentar y desarrollarse.


Pero el espacio de la existencia no basta con tenerlo: hay que cuidarlo, habitarlo por dentro y, cuando hace falta, también defenderlo. Längle usa una imagen preciosa: «colonizar» el propio espacio, palabra que viene del latín colere, «cultivar, cuidar». Un espacio habitado y protegido se convierte en hogar y, en una perspectiva más amplia, en patria. Y hay un detalle que da mucha fuerza a esta idea: el primer espacio que tenemos en este mundo es nuestro propio cuerpo, y la vivencia más elemental de tener espacio suficiente es la respiración, el «tener aire». Los pulmones son, dice Längle, la representación corporal de esta primera motivación fundamental.


El sostén: aquello que nos sostiene en la vida


El sostén es el suelo firme sobre el que podemos apoyarnos. Lo encontramos, en primer lugar, en el mundo: en todo aquello que se nos opone y nos ofrece resistencia por ser algo sólido y estable, como la tierra bajo los pies, las leyes de la naturaleza, todo lo que ocurre con regularidad. Pero también hallamos sostén en nosotros mismos. El primero es un cuerpo sano, con su estabilidad y esa cualidad de estar siempre ahí conmigo, inalterable, pese a las constantes oscilaciones de la vida psíquica y los cambios externos.


A partir de ahí, hay muchos otros factores que dan sostén: la experiencia de las propias capacidades, la firmeza de las propias posturas y convicciones, la claridad de lo que uno sabe, la fiabilidad de los propios sentimientos y, por último, el sostén último y que todo lo reúne, que muchas personas encuentran en la fe o en una visión del mundo. Gracias a todo ello aparece la sensación de que algo te sostiene en esta vida, y esa sensación es la que despierta el coraje necesario para vivir. Cuando alguien se apoya en aquello que le da sostén, está confiando; y precisamente porque confía en sus sostenes, puede también renunciar a algo, soltar, dejar ir.


Tomar el propio espacio: no ser inquilino de la propia vida


Hay un matiz de esta primera motivación que suele pasarse por alto: el espacio no solo se recibe, también hay que tomarlo. Längle habla de una especie de encargo, corporal y del mundo, dirigido a la persona: «Crea tu espacio, ocúpalo, llénalo, está del todo ahí, decídete a estar presente, no te dejes desplazar. Instálate donde estés, porque ahí está tu mundo, ahí puedes estar en casa.»


Que otras personas nos den espacio, que nos acepten, facilita enormemente esta «toma de posesión» de la propia existencia; es más fácil habitar la propia vida cuando se nos invita a ello. Pero si uno no asume después ese terreno por sí mismo, se queda como inquilino de su propia vida y nunca llega a ser su dueño. Y eso genera dependencia: quien no puede aceptar sus propias fortalezas y debilidades, quien rechaza sus condiciones de vida, termina mendigando aún más la aceptación de los demás, pidiéndoles que hagan por él lo que no logra hacer por sí mismo: aceptarse.


Aquí aparece una reciprocidad importante. Difícilmente podemos aceptarnos del todo si nadie más nos acepta; hacen falta ambas cosas, en un ir y venir. Por eso, cuando las personas cercanas nos niegan el espacio, cuando rechazan nuestras ideas, necesidades o anhelos, vale la pena luchar por él. Y cuando el otro no nos lo da, siempre nos queda la posibilidad de tomárnoslo nosotros mismos, porque necesitamos espacio para vivir. Una vida que no tiene espacio para desarrollarse se marchita y muere lentamente.


El cuerpo como suelo del «poder ser»


El Análisis Existencial considera al cuerpo el suelo mismo de nuestra capacidad de ser, porque las tres condiciones (protección, espacio y sostén) se vivencian, antes que nada, corporalmente. La sensación de poder existir es algo físico: sentir el sostén del suelo bajo los pies, poder respirar libremente, sentirnos a gusto en nuestra propia piel. Längle lo lleva incluso a la experiencia más elemental: llenar los pulmones es habitar nuestro «espacio interior»; respirar es, literalmente, tomar espacio.


El cuerpo es nuestro primer espacio, nuestra protección más inmediata y nuestro sostén más constante: lo único que permanece fiablemente ahí a través de cada tormenta emocional y de cada cambio exterior. La mayoría de las veces nos provee de sostén, protección y espacio sin que nos demos cuenta. Por eso, reconectar con el cuerpo (descansar, moverse, respirar, escuchar lo que nos dice) no es un gesto menor de autocuidado, sino una vía directa hacia esa confianza fundamental de sentir que, pase lo que pase, podemos estar aquí.


Aceptar lo que hay, incluso lo que duele


Lo más difícil de esta motivación aparece cuando lo que hay que «dejar ser» es un sufrimiento: un dolor, una angustia, una depresión. No lo queremos, y tratamos de deshacernos de ello por todos los medios: la distracción, el alcohol, los medicamentos, las peleas, los estallidos. El temor de fondo es: «con esta angustia no puedo vivir, no me deja espacio». Pero Längle invita a mirarlo de otro modo. A veces somos nosotros quienes nos quitamos el espacio, porque no aceptamos la vida tal como es, sino que nos aferramos a una idea de cómo debería ser para ser una buena vida.


Todo aquello que no queremos aceptar, primero tenemos que aceptarlo para luego poder transformarlo. «Acéptalo, porque está ahí. Lo que está no puede no estar. Ciertamente, no tiene por qué quedarse así. Pero ahora está esta angustia, y es tu angustia; esta tristeza es tuya. Mientras no la quieras tener, te roba tu base para existir. Si la aceptas, si la tomas en tus manos, quizás puedas transformarla.» Aceptar no es resignarse: es la condición previa para poder cambiar algo.


Cuando falla: la angustia


La patología propia de la primera motivación es la angustia. En ella se hace sentir dolorosamente la falta de protección, espacio y sostén, y como consecuencia fallan la capacidad de soportar y la de aceptar. La angustia, dice Längle, es el sentimiento de no poder «estar seguro» bajo las condiciones dadas. Cuando falta el contacto con ese «suelo del ser», la vida queda atravesada por el miedo: cada pequeño contratiempo, cada desviación de lo habitual se vuelve una amenaza, y hasta la alegría se vuelve sospechosa.


La preocupación crónica, la sensación de inseguridad o el temor de que el suelo pueda ceder en cualquier momento son señales de que esta primera motivación necesita atención. Curiosamente, Längle también observa que la agresión hunde sus raíces aquí: quien se vuelve agresivo suele sentirse acorralado, arrinconado contra la pared, sin espacio vital. Y a la inversa, donde hay espacio suficiente puede reinar la paz.


Del «puedo estar aquí» a lo que viene después


La primera motivación es el cimiento sobre el que se apoyan las otras tres. Es difícil disfrutar de la vida, ser uno mismo o encontrar sentido si por debajo falta la certeza básica de que uno puede, simplemente, estar aquí. Por eso, cuando algo se siente fuera de lugar, suele ayudar volver a este suelo: recuperar la protección, tomar el propio espacio y reencontrar el sostén, empezando muchas veces por el cuerpo.


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Referencias


Este artículo se basa en la obra de Alfried Längle, Existenzanalyse und Logotherapie (Análisis Existencial y Logoterapia), Stuttgart: Verlag W. Kohlhammer, 2021, y en Lehrbuch zur Existenzanalyse: Grundlagen (Manual de Análisis Existencial: Fundamentos), Viena: Facultas, 2013.

 
 
 

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