Entre lo que quieres y lo que debes: Hegel sobre el deber y la libertad
Actualizado: 3 sept
Hay una manera muy común de sentir la propia vida en la que esta se vive como una tensión permanente entre lo que quiero y lo que debo. Por un lado están mis deseos, mis proyectos, aquello que haría si nada me atara. Por otro, la lista interminable de obligaciones como el trabajo, los hijos, los padres que envejecen, las cuentas, los compromisos que fui adquiriendo casi sin darme cuenta. Bajo esa lógica, la libertad siempre está en otra parte, siempre después, siempre cuando por fin me libere de todo eso.
Mucha gente llega a consulta con esa sensación, y a menudo con la culpa que la acompaña, la de querer escapar de la propia vida y sentirse mal por quererlo. Hay una tradición filosófica que ofrece una salida distinta a ese callejón, y no consiste en resignarse ni en abandonarlo todo. Su formulación más potente está en Hegel, y su idea central desconcierta al principio, y afirma que el deber no es lo contrario de la libertad, sino la forma en que la libertad se vuelve real.
Las dos libertades que solemos confundir
Para entender la propuesta hay que distinguir dos ideas de libertad que damos por buenas sin pensarlas demasiado.
La primera es la libertad negativa, y consiste en que nadie me impida hacer lo que quiera. Es un logro histórico irrenunciable, y expresa el derecho de cada uno a actuar a su antojo sin injerencias mientras no dañe el mismo derecho de los demás. Pero como definición de una vida lograda resulta insuficiente, porque no dice nada sobre lo que uno quiere específicamente. Alguien puede tener todas las puertas abiertas y no saber cuál cruzar porque no sabe lo que quiere.
La segunda es la libertad reflexiva, y consiste en determinarme a mí mismo, en actuar según fines que me he dado o según deseos que reconozco como auténticamente míos. Aquí entra toda la cultura contemporánea de la autenticidad y la autorrealización. Es un avance evidente respecto de la anterior, porque la libertad ya no es solo ausencia de obstáculos sino relación conmigo mismo.
La objeción de Hegel a esta segunda idea es la que nos interesa, y Axel Honneth la formula con precisión. El problema es que esa libertad, ya extendida hacia el interior, no alcanza a extenderse también a la esfera de la realidad objetiva. Puedo tener clarísimo lo que quiero y descubrir que en el mundo en que vivo no hay ninguna posibilidad de realizarlo.
La libertad social, ser libre en lo que hago con otros

De ahí surge la tercera idea, la libertad social. Soy libre no cuando nadie me estorba, ni solo cuando sé lo que quiero, sino cuando actúo en un mundo compartido cuyas prácticas e instituciones me permiten realizar mis fines, y donde los fines de los otros no son un límite a los míos sino la condición de que los míos sean posibles.
El ejemplo más claro está en las relaciones que ya vives. En una amistad verdadera, atender al otro no es un sacrificio que reste a mi libertad, sino exactamente aquello en lo que consiste ser amigo, y sin ello no habría amistad que disfrutar. Lo mismo ocurre en el amor, en la crianza, en un trabajo que importa. En estos vínculos, lo que debo y lo que quiero coinciden, no porque haya renunciado a mi voluntad, sino porque he reconocido que mi realización pasa por ahí. Hegel llama a este ámbito Sittlichkeit o eticidad, el terreno donde la libertad deja de ser un principio abstracto y se vuelve una forma de vida concreta.
Visto así, el deber cambia de signo. Deja de ser una imposición externa que me arrebata la vida y pasa a ser la manera en que mi libertad se realiza en algo. No es que el deber limite mi libertad, es que sin algo a lo que responder, mi libertad no tendría dónde ejercerse.
Por qué la autenticidad sola no basta
Aquí conviene una advertencia, porque este planteamiento choca con una idea muy difundida, la de que la vida propia se conquista sacudiéndose las exigencias que vienen de fuera. Charles Taylor mostró por qué esa idea se derrota a sí misma.
Su argumento es que las cosas adquieren importancia sobre un trasfondo de inteligibilidad que él llama horizonte de significado. Elegir solo tiene peso si algunas cuestiones importan más que otras, y eso no lo decido yo, porque si lo decidiera, ninguna cuestión sería significativa. Nadie diría que se ha creado a sí mismo por haber elegido el almuerzo. La elección importa porque hay asuntos que importan con anterioridad a mi elección.
Puedo definir mi identidad únicamente contra el trasfondo de las cosas que importan. La autenticidad no es enemiga de las exigencias que provienen de más allá de uno mismo, sino que las presupone.
Charles Taylor, The Ethics of Authenticity
De ahí que las formas más ensimismadas de la autorrealización resulten superficiales, no por pertenecer a la cultura de la autenticidad, sino por contradecir sus propias condiciones. Cerrar la puerta a lo que reclama algo de nosotros (la historia, la naturaleza, las necesidades de otros, los deberes ciudadanos) es suprimir aquello que podía dar peso a la propia vida. Encerrarse en uno mismo destruye la condición misma de lo que se buscaba.
Nos definimos en diálogo, no en soledad
Taylor añade algo que resuena directamente con lo que ocurre en un acompañamiento, y que merece detenerse. La identidad no se genera monológicamente. Descubrir quién soy no significa resolverlo en aislamiento, sino negociarlo mediante un diálogo, en parte manifiesto y en parte interiorizado, con otros. La formamos siempre en conversación, y a veces en pugna, con las identidades que nuestros seres significativos quieren reconocer en nosotros.
Hay un detalle en su formulación que suele impresionar a quien lo escucha por primera vez, y es que incluso cuando dejamos atrás algunas de esas figuras, como los propios padres, y desaparecen de nuestra vida, la conversación con ellas continúa dentro de nosotros mientras vivamos. No hablamos de un influjo del pasado que quedó fijado, sino de un interlocutor interno todavía activo, con el que seguimos discutiendo, al que seguimos intentando explicarnos o del que seguimos esperando una aprobación que quizás nunca llegó.
Taylor advierte además contra una versión debilitada de esta idea, la de suponer que el diálogo importa solo al comienzo, en la génesis, y que después uno ya puede arreglárselas por su cuenta. Nuestra cultura espera que formemos nuestras opiniones y posturas mediante la reflexión solitaria, pero no es así como funcionan las cuestiones importantes, y menos la definición de quiénes somos. Olvida, dice, hasta qué punto nuestra comprensión de las cosas buenas de la vida se transforma al disfrutarlas junto a quienes amamos, y cómo algunos bienes solo nos resultan accesibles a través de ese disfrute compartido.
De ahí nace la importancia del reconocimiento. Cuando la identidad venía dada por la posición social, el reconocimiento no era un problema ya que estaba incorporado de antemano en categorías que todos daban por supuestas. Una identidad personal y propia, en cambio, no goza de ese reconocimiento a priori. Hay que ganarlo en el intercambio, y puede fracasar. Lo nuevo de la época moderna no es la necesidad de ser reconocidos, sino las condiciones en las que esa necesidad puede quedar insatisfecha.
Esto explica por qué tantas personas llegan a consulta con la sensación de no saber quiénes son, y por qué ese trabajo difícilmente se hace en soledad. No porque falte introspección, sino porque la introspección sola no basta, porque hace falta alguien ante quien poder decirse, y de quien recibir un reconocimiento que no exija deformarse para obtenerlo. Es, dicho sea de paso, una de las cosas que un buen acompañamiento ofrece.
Qué hacer con esto cuando las obligaciones pesan
Todo esto podría sonar a que hay que aguantar lo que sea, y no es así. La tesis no es que cualquier deber sea expresión de libertad, sino que hay deberes que lo son y otros que no, y que distinguirlos es una tarea concreta y liberadora.
Un deber es expresión de tu libertad cuando responde a algo que efectivamente valoras, cuando puedes reconocer en él tu propia voluntad aunque cueste, y cuando el vínculo al que sirve también te sostiene a ti. No lo es cuando solo obedece a una expectativa ajena que nunca examinaste, cuando el vínculo es unilateral y únicamente extrae, o cuando aceptaste la obligación por miedo o por culpa y no por convicción.
La diferencia rara vez está en la obligación misma y casi siempre en la relación que tienes con ella. Cuidar a un padre enfermo puede ser una de las cosas con más sentido de una vida o una condena silenciosa, y lo que decide entre ambas no es la tarea sino si has podido apropiártela.
Prueba esto. Haz una lista de tus obligaciones actuales y pregúntate ante cada una si podrías decir «esto lo quiero, aunque me cueste». Donde la respuesta sea sí, probablemente estés ante un deber que expresa tu libertad, y quizás solo necesites reconocerlo como tuyo en lugar de vivirlo como imposición. Donde sea no, vale la pena mirar por qué sigue ahí, qué expectativa, qué miedo o qué culpa lo sostiene.
Prueba también esto. Piensa en algo que hagas por otro y que no sientas como sacrificio. Esa experiencia, que casi todos tenemos en alguna zona de la vida, es la prueba concreta de que querer y deber pueden coincidir. La pregunta útil no es cómo librarse de las obligaciones, sino cómo llegar a que más zonas de tu vida tengan esa cualidad.
Frankl y el sentido que está fuera, no dentro
Todo lo anterior converge, desde otra tradición y con otro lenguaje, con una de las tesis centrales de Viktor Frankl, que es la autotrascendencia. Frankl sostenía que el ser humano no se realiza replegándose sobre sí mismo, sino saliendo de sí. Es decir, que el sentido no se inventa desde dentro sino que se descubre fuera, en una tarea que reclama ser hecha o en otra persona a la que amar. La autorrealización, decía, no puede perseguirse directamente, porque es un efecto que aparece cuando uno se ha entregado a algo distinto de sí.
Puestas una junto a otra, las tres ideas dicen algo muy parecido desde ángulos distintos. Hegel muestra que una voluntad que no encuentra dónde realizarse sigue siendo un propósito privado. Taylor muestra que una elección sin horizontes de significado se vuelve trivial, y que la identidad no se genera en soledad. Y Frankl muestra que una vida orientada exclusivamente a la propia realización se queda vacía, porque el sentido vive en la relación con lo que está más allá de uno.
Las tres, en el fondo, cuestionan la misma imagen, la del individuo que sería más libre y más pleno cuanto menos atado estuviera. Y las tres proponen lo contrario, cada una a su manera, y es que aquello que nos reclama no es lo que nos resta libertad y sentido, sino aquello en lo que ambos se hacen posibles.
El otro como fuente de sentido
Hay un punto donde esta convergencia se vuelve especialmente concreta, y es el lugar del otro. Para Frankl, el amor es una de las vías principales de acceso al sentido, y tiene una particularidad que a él le interesaba mucho. Para él amar es captar al otro en su unicidad, ver aquello que solo él es y que nadie podría sustituir. Amar a alguien es, en ese sentido, un acto de conocimiento, y además un acto que revela posibilidades del otro que todavía no están realizadas.
Eso conecta directamente con lo que veíamos en Taylor. El otro no es solo un destinatario de mi sentido, es también quien me reconoce y ante quien llego a ser quien soy. Y conecta con Hegel porque es en los vínculos donde querer y deber coinciden, el bien del otro no compite con el mío, sino que forma parte de él.
Por eso, cuando alguien atraviesa un vacío de sentido, la pregunta más útil rara vez es «¿qué quiero yo?», y casi siempre alguna de estas otras. ¿Dónde soy necesario?, ¿qué me está pidiendo esta situación?, ¿quién me espera? El sentido, en esta tradición, no se fabrica mirando hacia dentro, se encuentra respondiendo.
Libertad, sentido y una vida con aprobación interior
Esta manera de pensar la libertad se acerca mucho a lo que el Análisis Existencial observa en la práctica. Cuando alguien encuentra sentido, rara vez es porque haya mirado hacia dentro y hallado un gran propósito. Sino que más bien suele ser porque descubrió algo fuera de sí que reclamaba su respuesta, y se entregó a ello. La libertad no se pierde en esa entrega sino que se realiza en ella.
Y a la inversa, muchas de las formas de malestar que vemos hoy (el agotamiento, el resentimiento hacia los propios compromisos, la sensación de vivir una vida ajena, las crisis existenciales) no se resuelven eliminando las obligaciones, sino examinando cuáles pueden reconocerse como propias y cuáles hay que renegociar o soltar. Ese examen no se hace bien en soledad, precisamente porque nos definimos en diálogo.
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Preguntas frecuentes
¿Qué es la libertad social según Hegel? Es la idea de que somos libres no cuando nadie nos estorba ni solo cuando sabemos lo que queremos, sino cuando actuamos en un mundo compartido cuyas prácticas e instituciones nos permiten realizar nuestros fines, y donde los fines de los demás son la condición de posibilidad de los propios y no un límite.
¿Por qué Hegel dice que el deber es expresión de libertad? Porque una voluntad que no encuentra dónde realizarse sigue siendo un propósito privado. El deber, cuando responde a algo que efectivamente valoramos y podemos reconocer como nuestro, es la forma concreta en que esa voluntad se hace real en el mundo.
¿Significa esto que hay que aceptar cualquier obligación? No. La tesis es que algunos deberes expresan nuestra libertad y otros no. Un deber lo hace cuando responde a algo que valoramos y el vínculo al que sirve también nos sostiene. No lo hace cuando solo obedece a expectativas ajenas nunca examinadas, o cuando fue aceptado por miedo o culpa.
¿Por qué no basta con ser auténtico? Según Charles Taylor, la elección solo tiene peso si algunas cuestiones importan más que otras, y esa importancia no la decidimos nosotros. Por eso la autenticidad presupone exigencias que vienen de más allá de uno mismo. Suprimirlas elimina justamente aquello que podía dar significado a la propia vida.
¿Qué es la autotrascendencia según Frankl? Es la idea de que el ser humano se realiza saliendo de sí y no replegándose sobre sí mismo. El sentido no se inventa desde dentro, se descubre fuera, en una tarea que reclama ser hecha o en otra persona a la que amar. La autorrealización aparece como efecto de esa entrega, no como meta perseguida directamente.
¿Por qué el otro es una fuente de sentido? Porque amar a alguien es captarlo en su unicidad, en aquello que solo él es y que nadie podría sustituir, y porque es también ante otros que llegamos a ser quienes somos. Ante un vacío de sentido, suelen ser más útiles las preguntas «¿dónde soy necesario?» o «¿qué me pide esta situación?» que la pregunta «¿qué quiero yo?».
Referencias
Este artículo se basa en Charles Taylor, The Ethics of Authenticity, Cambridge (Mass.): Harvard University Press, 1991 (publicado originalmente en Canadá como The Malaise of Modernity), y en Axel Honneth, Das Recht der Freiheit. Grundriß einer demokratischen Sittlichkeit (El derecho de la libertad), Berlín: Suhrkamp, 2011. Ambos desarrollan, desde perspectivas distintas, la idea hegeliana de la libertad expuesta en Grundlinien der Philosophie des Rechts (Principios de la filosofía del derecho), 1821.





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