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Éxito versus plenitud y sentido: cuando el éxito es parte del problema.

10 abr
7 min de lectura

Actualizado: 30 jul

Existe hoy en día un fenómeno existencialmente muy complejo que se presenta como una paradoja difícil de entender. Se trata del fracaso del exitoso, de quien alcanza aquello por lo que trabajó durante años y, al alcanzarlo, no encuentra la plenitud que había supuesto que vendría con ello. El cargo, el reconocimiento, la estabilidad, todo está en su sitio, y sin embargo persiste la sensación de que algo esencial no ha sido tocado por ninguno de esos logros.


La reacción habitual es tratar ese estado como un defecto de la persona, una incapacidad para disfrutar de lo conseguido, de la meta. No obstante, esa sensación es muchas veces una percepción correcta de algo muy profundo que nos revela no un problema del sujeto sino una confusión que compartimos casi todos, la confusión entre tres conceptos que conviene separar con mucho cuidado. El éxito, la plenitud y el sentido.


Qué es el éxito y qué promete


El éxito es una relación entre un fin propuesto y un resultado obtenido. Se tiene éxito respecto de una meta que se fija de antemano y que luego se alcanza o no, y eso le da una estructura peculiar, siempre es terminal. Se elige una meta, es decir, se la controla en cuanto meta, y después surge su persecución, la que también está en gran parte en nuestro control, supuestamente.


Lo curioso de una meta es que su naturaleza es la de autocancelarse, porque una vez se alcanza, esta deja de operar como meta. Esto obliga en el mismo movimiento a buscar el objetivo siguiente, que hereda la carga de expectativa o el vacío que la meta anterior no llegó a saldar. El éxito, es decir, lograr satisfactoriamente metas, no puede, por su estructura, entregar plenitud duradera, porque su satisfacción está siempre atada a un objetivo particular que, una vez cumplido, se agota. Su insaciabilidad no es un rasgo psicológico de las personas ambiciosas, es una propiedad del éxito mismo, que vive de la carencia, de la meta por lograr.


Qué es la plenitud y por qué no se deja perseguir


La plenitud es otra cosa, y confundirla con el éxito es el primer error. Si el éxito se define por relación a una meta externa, la plenitud es un modo de estar en la propia vida, una cualidad del modo como se vive y no un logro dentro de ella. No se está pleno del mismo modo en que se vivencia el éxito en un examen o en un negocio.


Viktor Frankl Aletheia Counselling
Viktor Frankl

Aquí aparece una observación que Viktor Frankl, el psiquiatra vienés que fundó la logoterapia, formuló con precisión. La plenitud, o la felicidad, si así se la quiere llamar, pertenece a esa clase peculiar de estados que solo se alcanzan cuando no se los busca directamente. No son fines o metas que uno pueda proponerse alcanzar y, en cuanto tal, tratar de ser exitoso. La plenitud o la felicidad resulta de vivir conectados con valores, y en el instante en que convertimos este estado en una meta, lo perdemos. La conexión con los valores se da cuando se abandona el control, el híperfoco en el resultado, en el éxito de la meta, y uno simplemente deja que la conexión se dé sin controlarlo. Solo cuando la conexión con el valor se da libremente, sin forzarlo, sin tratar de provocarlo con la lógica del éxito, es cuando aparece el sentido.


La vivencia del sentido es justamente el correlato de la conexión libre con un valor. El sentido aparece cuando hay una conexión con algo que nos es valioso para noso

tros, y esa conexión no depende del fracaso o éxito de una meta. Es simplemente el modo como nos relacionamos con lo que nos resulta genuinamente valioso para nosotros mismos. Genuino quiere decir que no obedece a ninguna necesidad o exigencia, como que tenga que ser productivo. El genuino valor no se elige, se descubre, es lo que nos toca incluso antes de que nos pongamos a pensar o elegir. Nos llega sin que lo hayamos elegido racionalmente, viene del inconsciente, del genuino gustar. Y como no es elegido, muchas veces no cumple con los estándares (pseudo)racionales que imperan en nuestra época, los que buscan justificar todo lo que se hace en función de criterios de productividad y logros.


Esquema bidimensional logoterapia Sentido versus Exito

Para entender mejor esta idea, Frankl proponía graficar nuestra existencia sobre dos ejes perpendiculares, uno que va del éxito al fracaso y otro que va de la plenitud a la desesperación. Como estos son conceptos independientes, se pueden dar cuatro combinaciones. Puede haber desesperación en la cima del éxito, y puede haber plenitud sin éxito. Conviene ser exactos para no caer en la retórica de la adversidad. No se trata de buscar el sufrimiento ni de atribuirle un valor por sí mismo, pues el dolor o el fracaso evitable debe evitarse. La afirmación es a la vez más restringida y más fuerte. Ni siquiera el sufrimiento inevitable producto del fracaso (u otras fuentes) basta para clausurar todas las posibilidades de sentido.


Una confusión de época


Si esta confusión está hoy tan extendida, es porque hay razones de época que la alimentan. Nuestra cultura es extraordinariamente competente en el eje del éxito y curiosamente ciega a la dimensión del sentido y la plenitud. Se ha convertido casi toda la existencia en una variante del logro, incluido el ocio y el descanso, que se administran como proyectos que deben buscar alcanzar otro objetivo. Incluso el descanso tiene que rendir cuentas, el ocio tiene que ayudarme a desarrollar algo que me haga más exitoso o me mejore. Tanto es así que hoy en día se ha perdido en el lenguaje coloquial el vocabulario para hablar de aquello que no tiene la forma del logro. Y en caso de que lo tenga, se lo menosprecia completamente.


Byung-chul Han black and white
Byung-Chul Han

El filósofo contemporáneo Byung-Chul Han ha descrito con precisión un rasgo de esta época que explica por qué la persona atrapada en el eje del éxito no logra simplemente detenerse. En la antigüedad las exigencias de la vida venían de fuera, primero de lo que demandaba nuestra supervivencia ante la naturaleza y sus exigencias. Después de una autoridad externa que mandaba y prohibía, frente a la cual todavía era posible resistirse. Hoy la exigencia se ha vuelto interior. El individuo ya no obedece a un amo externo que nos demanda, sino que se ha convertido en amo y esclavo de sí mismo, en empresario de su propia vida, y se exige rendir sin descanso creyéndose libre justamente mientras lo hace. El explotador y el explotado han pasado a ser la misma persona, y por eso esta autoexigencia es más difícil de combatir que cualquier coacción antigua, porque no hay ya ningún tirano a quien enfrentar. La persona exitosa y vacía no está simplemente cansada de trabajar, está agotada de exigirse, de perseguirse de meta en meta sin permiso para parar. Esa positividad ilimitada no desemboca en plenitud sino en agotamiento y en vacío existencial. Más éxito no cura el vacío que deja el éxito porque el vacío es la contraparte de la plenitud, no del éxito. La autoexigencia opera enteramente dentro del eje del fracaso-éxito, y cuanto más se intensifica, más lejos queda el otro eje, el de la plenitud, que no se alcanza apretando sino aflojando, dejando espacio para que se manifieste lo valioso en nuestras vidas.


Dejar de rendir


Si la plenitud y el sentido no se dejan perseguir directamente, cualquier consejo con la

forma de una nueva meta reincide en el error que produjo el problema. La respuesta espontánea al vacío que sigue al éxito suele ser fijarse un objetivo más ambicioso, con la esperanza de que esta vez la satisfacción llegue y se quede. Pero si el vacío venía de haber confundido los ejes, más velocidad en el eje del éxito no acerca ni un paso al otro. Lo que hace falta no es correr más sino detenerse a distinguir entre lo que uno persigue porque cree que debe perseguirlo y aquello que de verdad reclama su entrega, entre la vida como suma de logros y la vida como un modo de estar referido a valores que están en el mundo y en los demás. A valores que no son metas, no se logran, no se alcanzan, simplemente se vivencian y disfrutan. Y aparecen, justamente, cuando ya no se piensan como objetivos, como algo que hay que intentar lograr o controlar. Aparecen cuando uno deja que el contenido que la vida tiene para ofrecer simplemente se nos aparezca.


Como cuando vamos a un concierto y simplemente escuchamos la música y dejamos que pase lo que tiene que pasar. No intentamos entenderla, ni sacarle fotos, ni recordarla para contarla después. Simplemente dejamos que el fenómeno de la música se manifieste. Si nos cautiva y nos envuelve, si nos provee sentido por el momento que dura, nos saca de nuestro modo de ser habitual de rendimiento, y ahí podemos saber que detrás hay conexión con un valor. Esto ocurre en conversaciones con personas, jugando, caminando, estando en la naturaleza, pero siempre cuando se abandona el control, el modo de ser donde todo tiene que rendir. El sentido aparece cuando se genera la conexión con el valor, pero no hay que buscar constantemente la conexión y forzarla. En un momento hay que simplemente establecer la conexión, dejar ser y no interponernos, soltar el control, dejar de relacionarnos con eso como una meta o algo por lograr.


Estas distinciones conceptuales son difíciles de sostener, porque van a contrapelo de casi todo lo que la época repite, y se piensan mejor con calma y muchas veces acompañados. Esa es, al final, la diferencia que importa. El éxito responde a la pregunta de cuánto hemos conseguido. Ni la plenitud ni el sentido responden a esa pregunta, porque no son cosas que se consigan, sino que dependen de hacia qué está vuelta una vida, cuáles son los valores que dejamos que se manifiesten para que nos den sentido. Sin controlar, sin rendir cuentas a nadie, ni siquiera a nosotros mismos, porque solo ahí se puede vivenciar el sentido.


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Referencias


Frankl, Viktor E. La voluntad de sentido. Conferencias escogidas sobre logoterapia. Herder, Barcelona.

Frankl, Viktor E. El hombre en busca de sentido. Herder, Barcelona.

Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Herder, Barcelona.

 
 
 

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