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Entre la gratificación inmediata y el autocontrol: una lección de Platón

8 may
6 min de lectura

Actualizado: 3 sept


Platón
Platón

Vivimos rodeados de dos discursos que parecen contradecirse todo el tiempo. Por un lado, la cultura del disfrute inmediato, la que nos dice que hay que vivir el momento, buscar sensaciones, priorizar lo que nos hace sentir bien aquí y ahora. Por otro lado, la cultura de la productividad y el autocontrol, la que nos dice que hay que pensar mejor, planificar, ser racionales, postergar la gratificación en nombre de metas más importantes. La mayoría de las personas oscila entre estos dos polos sin encontrar demasiada paz en ninguno de los dos.


Esta tensión no es nueva. Platón la pensó con enorme profundidad en un diálogo llamado el Filebo, uno de los últimos que escribió, dedicado por completo a una pregunta que sigue siendo la nuestra. ¿Es el placer lo que hace que una vida sea buena? ¿O es la razón, el conocimiento, la capacidad de comprender lo que vivimos? Lo notable es que Platón no elige un bando. Lo que hace es mostrarnos, con una claridad sorprendente, por qué ninguno de los dos extremos alcanza por sí solo, y qué es lo que realmente hace que una vida funcione.


Una vida de puro placer no sería una vida humana


Platón imagina, a través de un diálogo entre Sócrates y un joven llamado Protarco, qué pasaría si eligiéramos una vida dedicada por completo al placer, sin ningún tipo de pensamiento o comprensión que la acompañe. Su respuesta es tan simple como incómoda. Una vida así sería la vida de un molusco o una ostra, un organismo capaz de sentir algo agradable, pero incapaz de saber que lo está sintiendo, de recordar lo que disfrutó ayer o de esperar con ilusión lo que va a disfrutar mañana.


Sin esa capacidad de darnos cuenta de lo que sentimos, ni siquiera podríamos decir que esa vida nos pertenece de verdad. El placer sin ningún tipo de conciencia no construye una biografía, no deja huella, no se puede compartir ni recordar. Se vive y se olvida, se vive y se olvida, sin que quede nada. Protarco, el interlocutor de Sócrates, acepta enseguida que una vida así podría servirle a una ostra, pero no a un ser humano.

Una vida de pura razón tampoco resulta deseable


Aquí llega el giro que hace que este diálogo sea tan honesto. Platón aplica exactamente el mismo examen a la posición contraria. ¿Elegiríamos una vida dedicada por completo a pensar, comprender y razonar, pero sin ningún tipo de goce ni disfrute? La respuesta vuelve a ser negativa. Ni la inteligencia más brillante resulta atractiva si no viene acompañada de ninguna forma de placer. Nadie, dice Platón, elegiría voluntariamente una existencia así, por más sabia que fuera.


Esto es importante porque muchas veces se piensa a Platón como el filósofo que despreciaba el cuerpo y los sentidos en nombre de la razón pura. El Filebo muestra algo distinto. Muestra a un Platón que, ya en la madurez de su pensamiento, reconoce que ninguna vida puramente racional, fría y desprovista de goce, merece ser llamada buena.


La vida que vale la pena es una mezcla, no una elección


Descartados los dos extremos, Platón propone algo que hoy podríamos llamar sentido común, aunque en su momento fue una idea filosófica muy elaborada. La vida buena no consiste en elegir entre placer y razón, sino en encontrar la manera correcta de combinarlos. Para que algo cuente como una vida realmente buena, dice Platón, tiene que ser completa en sí misma, no depender de nada externo para sentirse plena, y ser algo que cualquier persona, al conocerla, desearía para sí. Ni el puro goce ni la pura razón cumplen estas condiciones por separado. Solo la mezcla las cumple.


Esto no significa simplemente sumar un poco de cada cosa sin ningún criterio. Platón dedica buena parte del diálogo a preguntarse qué tipo de placer y qué tipo de razón deberían formar parte de esa mezcla, porque para él no todos los placeres valen lo mismo.


No todos los placeres nos hacen bien de la misma manera


Uno de los aportes más lúcidos del Filebo es la idea de que hay distintas clases de placer, y que confundirlas es una de las causas más comunes de nuestro malestar. Platón distingue entre placeres que dependen de una carencia previa, como comer cuando tenemos hambre o rascarnos cuando algo nos pica, y placeres que no nacen de ninguna falta anterior, como el goce sereno frente a algo bello, un color, un sonido armonioso, una idea que de pronto se vuelve clara.


Los primeros siempre están mezclados con una forma de malestar previo. Buscamos aliviar algo que nos incomoda, y ese alivio se confunde fácilmente con felicidad, aunque en realidad solo estamos volviendo a un punto neutro. Los segundos, en cambio, son un tipo de disfrute más estable, que no depende de haber estado mal antes para sentirse bien ahora. Platón también advierte que algunos placeres descansan sobre una idea equivocada de lo que estamos experimentando, mientras que otros se corresponden verdaderamente con lo que vivimos. Aprender a distinguir entre estos tipos de placer, más que renunciar al placer en general, es lo que permite que el goce realmente aporte a una vida buena en lugar de sostenerla en un círculo constante de carencia y alivio.


La medida, el verdadero protagonista del bienestar


Al final del diálogo, Platón hace algo que sorprende. Ordena los distintos elementos que pueden formar parte de una vida buena, y ni el placer ni la razón ocupan el primer lugar. Lo primero, para Platón, es la medida, es decir, la capacidad de encontrar el punto justo de cada cosa, ni de más ni de menos. Recién después aparece la proporción y la belleza, luego la inteligencia y la sabiduría, más adelante el conocimiento en general, y solo al final, en el último lugar, el placer, aunque un lugar que igual reconoce como necesario.

Este orden no busca menospreciar el placer, sino ubicarlo en su lugar justo. Sin medida, tanto el placer como la razón pueden volverse destructivos. Un placer sin medida se vuelve adicción o vacío. Una razón sin medida se vuelve rigidez, autoexigencia sin descanso, una vida que piensa tanto que se olvida de vivir.


Lo que esta idea nos dice sobre nuestra vida hoy


Vivimos en una época que empuja hacia los extremos que Platón ya había identificado. Por un lado, una cultura del consumo y del estímulo constante, que nos entrena para buscar placer inmediato una y otra vez, sin darnos tiempo de comprender qué es lo que realmente estamos buscando. Por otro lado, una cultura de la eficiencia y el rendimiento, que nos hace sentir culpables por descansar, por disfrutar sin producir nada a cambio, como si el goce fuera siempre una pérdida de tiempo.


El Filebo nos ofrece una tercera vía que no es un término medio tibio, sino una posición mucho más exigente. Nos invita a preguntarnos, en cada decisión, si el placer que buscamos nace de una carencia que nunca termina de saciarse, o si es un disfrute que realmente enriquece nuestra vida. Nos invita también a revisar si nuestra racionalidad, nuestra planificación, nuestro autocontrol, todavía dejan espacio para el goce, o si se han vuelto una forma silenciosa de autoexigencia que nos aleja de vivir.


Pensar la propia vida desde esta perspectiva no significa buscar una fórmula matemática exacta entre razón y placer. Significa desarrollar algo más parecido a un oído fino, la capacidad de escuchar cuándo estamos necesitando comprender más y cuándo estamos necesitando disfrutar más, y de animarnos a corregir el rumbo cuando el equilibrio se pierde. Esa es, en el fondo, la medida de la que hablaba Platón, no una regla fija, sino una sensibilidad que se entrena con el tiempo y con la atención puesta en la propia experiencia.


Lecciones para llevarse de este artículo


  • El placer sin conciencia no construye una vida: se vive y se olvida.

  • La razón sin goce tampoco es una vida deseable, por lúcida que sea.

  • La vida buena no elige entre placer y razón: los combina bien.

  • No todos los placeres son iguales: unos alivian una carencia, otros no dependen de haber estado mal antes.

  • La medida importa más que el placer o la razón por separado.

  • Sin medida, el placer se vuelve adicción y la razón, rigidez.

  • Ante cada decisión: ¿este placer nace de una carencia insaciable o enriquece mi vida?

  • El equilibrio no es una fórmula, es una sensibilidad que se entrena.


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Si estas preguntas resuenan contigo, mi trabajo en orientación filosófica y análisis existencial ofrece un espacio de diálogo para reflexionar sobre cómo estás viviendo y qué vida deseas construir. Si te gustaría dar ese paso, te invito a ponerte en contacto conmigo.



Referencias


Platón. Filebo. Introducción, traducción y notas de Marcelo D. Boeri. Buenos Aires, Editorial Losada, 2012.

Dillon, John y Brisson, Luc (eds.). Plato's Philebus. Selected Papers from the Eighth Symposium Platonicum. Sankt Augustin, Academia Verlag, 2010.

Frede, Dorothea. "Life and its Limitations. The Conception of Happiness in the Philebus". En Dillon, J. y Brisson, L. (eds.), Plato's Philebus. Selected Papers from the Eighth Symposium Platonicum. Sankt Augustin, Academia Verlag, 2010, pp. 3 a 14.

 
 
 

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