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La felicidad como arte, actividad o disciplina: la visión de Aristóteles

Actualizado: hace 7 días

Picasso El hombre con Guitarra

La vida entendida como una persecución constante de metas y objetivos predomina hoy en día. La vida entendida como la famosa rat-race que no termina, desde el colegio hasta los proyectos del trabajo, siempre trabajando en aras de algo más que llegará. Nos decimos que cuando consigamos el trabajo, cuando ordenemos las finanzas personales, cuando llegue la pareja o la casa o el reconocimiento, entonces sí, entonces sí seremos felices. Y así vamos, de meta en meta, apostando por lo que siempre está por venir.


Un problema muy importante en este enfoque es que quienes han llegado a esas metas saben de primera fuente que la cosa no funcionaba como se había prometido, o por lo menos, no al 100%. La plenitud deseada, en caso de que se llegue a alcanzar, solo dura un poco para que después se vuelva a reinstaurar la carencia, la que da lugar a un nuevo objetivo que ahora parece ser el que de verdad nos falta. Esta distancia entre lo que esperábamos obtener, es decir, plenitud o felicidad, y lo que efectivamente sentimos no es necesariamente mala suerte o un problema del agente. En muchos casos, esta sensación de vacío indica que hemos entendido mal nuestra relación con la felicidad y de que por eso la terminamos buscando donde no se puede encontrar.


La felicidad que nos venden


Painting Bonheur Matisse

¿Qué es ser felices? casi siempre pensamos lo mismo: un estado agradable, sentirnos bien, tener lo que deseamos, que no nos falte nada, que las cosas salgan como queremos. Es una imagen que domina nuestro quehacer de forma subrepticia y orienta lo que buscamos obtener o evitar. Está aquí y ahí, pero pocas veces nos sentamos a reflexionar sobre qué significa efectivamente o, al menos, qué significa para nosotros. Esta representación de la felicidad es esencialmente una cuestión de bienestar promovida por el marketing y por aquello que se usa en redes sociales: acumular experiencias placenteras, esquivar el malestar y rodearnos de todo aquello que nos haga sentir bien. Y no es que esta visión sea incorrecta ni mucho menos. Al contrario, tiene mucho de verdad, pero el problema está en que deja mucho de lado.


Es absolutamente normal y racional que todos prefiramos el placer al dolor, la admiración al desprecio. Pero pensar la felicidad como estados efímeros que se van perdiendo a medida que se alcanzan puede transformar la vida a la larga en una fuente inagotable de insatisfacción. Cuando estamos enfermos creemos que la felicidad está en la salud; cuando andamos escasos de dinero, creemos que está en la riqueza; cuando nos sentimos solos, en la compañía. Es decir, cambiamos de idea sobre qué es la felicidad según lo que nos falta en cada momento. Es una idea de felicidad que queda en función de la carencia, de lo que nos falta, y que cuando la obtenemos, instala otra cosa que nos falta. Entender la felicidad como aquello de lo que carecemos revela que estamos confundiendo la felicidad con sus condiciones, es decir, con lo que nos permite vivir bien, pero que no es todavía el vivir bien mismo. Porque muy distintas son las condiciones que permiten hacer algo y aquello mismo que hacemos gracias a estas condiciones. Es muy distinto tener todo lo necesario para jugar tenis, que el acto mismo de jugar tenis correctamente. Muy distinto es tener una guitarra y otra poder tocarla bien.


La felicidad como forma de vivir y virtud. Aristóteles.


Aristóteles de la Escuela de Atenas. Rafael.

Para desenredar este malentendido vital vale la pena recuperar una intuición muy antigua, que de los griegos que la pensaron conviene rescatar sin duda la visión de Aristóteles. La felicidad según su mirada no es un sentimiento ni un momento afortunado, ni hacerse de medios para poder hacer lo que uno quiere. Felicidad para él es un modo de vivir que se sostiene en el tiempo. Es una actividad, y en cuanto tal, no es algo que simplemente nos pase, que nos llegue, sino que es algo que hacemos. Aristóteles entendía la felicidad como una forma de vivir bien análogamente a como un buen guitarrista toca bien la guitarra. Una vez se tienen de los medios necesarios, el buen guitarrista lleva a cabo su actividad, es decir, tocar la guitarra de buena manera, del modo correcto. La felicidad es pensada por Aristóteles análogamente, una vez se tienen los medios básicos, es responsabilidad de la persona, en cuanto ser racional, “tocar bien la vida”, es decir, llevar a cabo la actividad del vivir de manera correcta.


Si la felicidad es una actividad, un modo o una forma de vivir bien, entonces ¿en qué consiste? En pocas palabras, en saber llevar a cabo cada acción de manera virtuosa, lo que con el tiempo y la habituación construye el carácter necesario para ser feliz. La felicidad según Aristóteles consiste principalmente en llevar a cabo acciones mediando o sopesando correctamente entre nuestras propias capacidades y lo que el texto demanda. Porque eso es la virtud para él: actuar encontrando el justo medio entre lo que puedo y lo que debo, lo que el contexto demanda de mí.


Hoy en día la palabra virtud suele relacionarse con una moralina rígida o una lista de prohibiciones, pero para Aristóteles no es eso. La virtud, en su sentido más hondo, es simplemente aquello que hace que algo cumpla bien su función. Desde esta perspectiva se puede decir que un cuchillo tiene una virtud, a saber, la de cortar bien. El ser humano también tiene una virtud, y es la de saber vivir correctamente de acuerdo a su racionalidad. La racionalidad es lo propiamente nuestro, es lo que nos diferencia de las demás entidades, y saber usar bien esta facultad es nuestra función propia. Feliz se llama a la persona que aprendió a usar correctamente su racionalidad, lo que equivale a volverse virtuoso.


Painting Renoir: Luncheon of the Boating

La virtud según Aristóteles es actuar de acuerdo al justo medio entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto. El ejemplo más simple es la valentía: es actuar del modo correcto frente al miedo, sintiéndolo en la medida justa según lo que el contexto nos pide. El que tiene muchas capacidades y no actúa porque tiene miedo es un cobarde. El que tiene pocas capacidades y actúa en exceso es un temerario. Pero el que actúa con miedo en función de lo que puede, ese es el valiente. Ahora bien, esta estructura de virtud sirve para pensar muchas acciones, entre otras, por ejemplo, incluso el disfrutar. Existe algo así como disfrutar muy poco (la persona amargada) y también el disfrutar demasiado (el fiestero irresponsable), pero el que logra disfrutar adecuadamente según su contexto, esa persona es también es virtuosa.


El peso de las circunstancias


Las circunstancias pesan, y negarlo sería una crueldad disfrazada de sabiduría. La salud, el dinero suficiente, los vínculos, un mínimo de seguridad, todo eso cuenta, no porque sea la felicidad misma, sino porque son las condiciones que hacen posible desplegar una buena vida. Son como la guitarra y las cuerdas que permiten que el buen guitarrista toque bien. No son el tocar bien, pero son lo que posibilita tocar bien. Es mucho más difícil, si no imposible, ejercer la generosidad en la miseria absoluta, o cultivar la serenidad en medio del dolor constante, o desarrollar el propio carácter cuando toda la energía se va en sobrevivir. Así como es mucho más difícil tocar bien la guitarra cuando esta está en malas condiciones y las cuerdas están a punto de romperse.


Lo interesante es el equilibrio que esta mirada propone, que no cae en ninguno de los dos extremos habituales. No dice, como la versión más ingenua, que la felicidad se compra con bienestar material, como si tener fuera lo mismo que vivir bien. Pero tampoco dice, como cierto idealismo, que las condiciones externas dan igual y que uno puede ser plenamente feliz en cualquier situación por terrible que sea. Reconoce que la adversidad golpea y que hay circunstancias en las que nadie puede florecer del todo. Y sin embargo sostiene algo que consuela sin engañar: incluso en la desgracia, hay algo que no depende de la suerte, y es el modo en que uno se conduce, la manera en que enfrenta lo que le toca. Esa parte, la más propia, ni la peor fortuna puede arrebatárnosla por completo.


Qué significa esto para la vida de hoy. Evitando vacíos existenciales


Todo esto, que podría sonar a filosofía antigua, describe con inquietante precisión el malestar de nuestra época. Vivimos obsesionados con optimizar la vida, con acumular experiencias, con rendir más y sentirnos mejor, rodeados de herramientas y consejos para maximizar el bienestar como quien maximiza una inversión. Y sin embargo, en medio de tanta abundancia de recursos para ser felices, producimos una cantidad enorme de vacío, de ansiedad, de gente que tiene todo lo que se supone que debería hacerla feliz y no lo es. Esa insatisfacción tan característica y extendida durante el siglo XX y el XXI no es un misterio ni una enfermedad nueva. Es, en buena medida, el síntoma de haber confundido conseguir medios con vivir bien, de haber puesto la felicidad en los medios y no en el modo cómo estos se emplean.


Si esta vieja intuición tiene razón, entonces la pregunta que de verdad importa no es "¿qué me falta para ser feliz?", sino otra bastante más incómoda y más fértil: "¿cómo estoy viviendo?". La primera nos mantiene corriendo detrás de la próxima cosa, coleccionando golondrinas a la espera de un verano que nunca llega. La segunda nos devuelve al presente, al carácter que estamos formando, a la clase de persona que estamos siendo en lo cotidiano. Es un giro sencillo de enunciar y difícil de sostener, porque va en contra de casi todo lo que la cultura nos repite, pero es también profundamente liberador, porque pone la vida buena de nuevo en nuestras manos en lugar de dejarla colgada de un futuro que quizá no llegue.


La Felicidad como una actividad


Campesino corriendo por un campo azul y dorado al atardecer, con sol grande y cielo amarillo; pintura impresionista.

Quizá esa sea la lección más incómoda y a la vez más esperanzadora de esta manera de pensar la felicidad. La felicidad no es un premio que se recibe al final del esfuerzo, ni un lugar al que se llega y en el que uno se instala para siempre. Es una tarea, algo que se construye día a día en el modo concreto de vivir, en las cosas pequeñas que hacemos y en la manera en que las hacemos, en el carácter que vamos labrando casi sin darnos cuenta. No se consigue de una vez. Se ejercita y se cultiva hasta hacerse hábito, hasta que simplemente tocamos bien la guitarra, sin pensar en cada acorde o en la guitarra. Pero primero tenemos que practicar, y practicar cada día, hasta volvernos diestros en el arte de tocar la vida cultivando el modo en que la vivimos, es decir, de acuerdo con nuestras capacidades y buscando siempre mejorar. Esta perspectiva se aplica cuando ayudamos a los demás, cuando nos perfeccionamos a nosotros mismos, cuando se requiere valentía o serenidad, cuando hay que resolver cualquier problema, o incluso cuando se trata de disfrutar. Hazlo, y procura hacerlo bien entendiendo tus capacidades y lo que el contexto te demanda. No te exijas más de lo que puedes, pero tampoco menos, encuentra el justo tu justo medio en función del contexto.


Y precisamente porque es una tarea, y no un golpe de suerte, es algo sobre lo que podemos trabajar, algo que admite ser pensado, revisado, reorientado. No estamos condenados a perseguir para siempre lo que la época nos dice que deberíamos querer. Son preguntas que no se responden de una vez ni del todo en soledad, y que muchas veces se piensan mejor acompañados, con calma y con método. Pero son, quizá, las únicas preguntas que de verdad valen la pena. Son preguntas que se encuentran en el autoanálisis de quiénes (cómo) somos y la vida que llevamos. Y esa respuesta, la concreta, la tuya, no está en ningún libro.


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Si estas preguntas resuenan contigo, mi trabajo en orientación filosófica y análisis existencial ofrece un espacio de diálogo para reflexionar sobre cómo estás viviendo y qué vida deseas construir. Si te gustaría dar ese paso, te invito a ponerte en contacto conmigo.


References

Aristotle. Nicomachean Ethics. Edited by Sarah Broadie and Christopher Rowe. Oxford University Press.

Vigo, Alejandro G. Aristóteles. Una introducción. Instituto de Estudios de la Sociedad (IES).

 
 
 

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