Recuperando lo Espiritual y la Religión: Una Visión desde la Logoterapia
- Laurentzi de Sasia
- 29 jul
- 7 min de lectura
Actualizado: hace 9 minutos

Es muy común hoy en día que las personas, especialmente las de inclinación más científica, se aparten o desconfíen de inmediato cuando escuchan hablar de espiritualidad. Esto ocurre con buenas razones. Se cree que hay que pertenecer a algún grupo o seguir a alguna organización o líder, pero abundan los casos de supuestos guías espirituales que abusan de su posición y atentan precisamente contra el mensaje que dicen promover.
Al mismo tiempo, también existe un escepticismo dogmático, disfrazado de desconfianza pseudocientífica, que niega a priori todo lo espiritual al creer que estas creencias no son más que explicaciones innecesarias que tienen lugar solo porque los practicantes o creyentes ignoran la ciencia. Esta posición es muy curiosa, considerando que todos los grandes pensadores de la historia de Occidente, los fundadores de lo que hoy se conoce como ciencia, desde Platón a Einstein pasando por Newton, Kant, Descartes, Leibniz, Schrödinger y Heisenberg, han creído que la realidad tiene una dimensión espiritual.
Desde el punto de vista de la vida con sentido, negar la dimensión espiritual puede traer profundas consecuencias negativas. No siempre ni para todos, pero sí muchas más veces de las que se cree. Gran cantidad de problemas psicológicos que son diagnosticados desde una perspectiva meramente física o psicológica no logran solucionarse, pues su causa puede ser pensada, al menos, desde el punto de vista espiritual. La vivencia de sentido, es decir, la experiencia de conexión profunda con la vida y con lo que se hace, requiere para ser comprendida introducir una lógica, un conjunto de conceptos, que son de carácter espiritual, metafísico o religioso.
La espiritualidad entendida desde el punto de vista de la vida con sentido no se trata de creer dogmáticamente en un sistema de creencias u otro. Significa simplemente abrirse a una dimensión dentro de nosotros mismos, que se puede expresar de múltiples formas en distintas personas, donde yacen valores con los que podemos conectar y así lograr obtener sentido.
La logoterapia de Viktor Frankl, y el análisis existencial que Alfried Längle desarrolló a partir de ella, permiten recuperar desde una perspectiva más laica, incluso científica, una parte nuestra que solemos dar por perdida. Y esta dimensión que descartamos a priori, muchas veces con buenas razones, es algo sumamente nuestro. Tal vez lo más propio, lo más nuestro, que cuando lo recuperamos hace desaparecer el vacío existencial y devuelve el sentido.
Lo espiritual no es lo que se suele creer

Cuando Frankl habla de la dimensión espiritual del ser humano, él también habla de religión, pero usa la palabra en un sentido que no depende de ninguna creencia. Lo espiritual, para él, es la dimensión propiamente humana, la que no compartimos con ningún animal, y que consiste en la libertad, la capacidad de orientarse hacia valores y hacerse responsable de ellos. La llamó la dimensión noética, espiritual o religiosa, para distinguirla con claridad de lo psicológico y lo físico, y sostuvo que pertenece a todo ser humano por el mero hecho de serlo.
Bajo esta interpretación, una persona que no se considera religiosa o espiritual tiene o puede tener perfectamente una vida espiritual tan plena como la de cualquier creyente (incluso más a veces). Esto porque su espiritualidad se manifiesta cada vez que toma una decisión libre en lugar de dejarse arrastrar, cada vez que responde y se hace responsable por algo que le importa, cada vez que se orienta hacia algo que no es ella misma y que considera valioso. Frankl llamó a esa capacidad de salir de uno mismo autotrascendencia, y la consideraba la esencia de la existencia humana. Existir, para el ser humano, es estar ya vuelto hacia algo más allá de sí.
Esa dimensión tiene además raíces que no siempre vemos. Frente a Freud, que solo reconocía un inconsciente hecho de impulsos psicosomáticos reprimidos, Frankl afirmó que existe también un inconsciente espiritual, un estrato profundo desde el cual la persona conecta con valores sin darse cuenta. En esta dimensión estamos conectados inconscientemente con valores en forma de lo que nos gusta, lo que nos es importante, con lo que aparece como un genuino deber.
Lo interesante y particular de esta dimensión es que las conexiones valóricas ya están hechas, y la razón y la lógica solo llegan después a tratar de explicarlas. Es función del yo, es decir, de nuestra parte que piensa y elige qué hacer, conectar con esa dimensión y hacerse cargo (o no) de las conexiones que ahí se dieron.
El sentido y los valores que ya nos habitan
El sentido, es decir, la experiencia subjetiva de la conexión con un valor, no se inventa, se encuentra. No es algo que el sujeto proyecta sobre una realidad neutra, sino algo que descubre en sí mismo y en la situación concreta que le toca vivir. Y ese descubrimiento no es en primer lugar un cálculo racional. La conexión con los valores ocurre antes de pensarlos, y se sienten como valiosos antes de que podamos justificar por qué lo son.

Esta conexión empieza temprano. Frankl sostiene que desde la infancia estamos ya en contacto con valores que nos exceden, con aquello que se nos aparece como digno de amor, de cuidado, de entrega, mucho antes de que tengamos conceptos para nombrarlo. Esa conexión originaria con lo valioso no es una creencia que adquirimos, es una vinculación inconsciente que nos constituye y de la cual nos vamos dando cuenta.
El problema es que la vida contemporánea, con su lógica de rendimiento y su exigencia de justificarlo todo por su utilidad, cubre esa dimensión tan propia porque no cumple con esos criterios. Se la niega, se la reprime, pero esas conexiones siguen operando.
Frankl observó que esa relación primaria con lo que nos trasciende puede quedar reprimida igual que cualquier otra dimensión honda de la persona, y que cuando reaparece lo hace muchas veces con un aire de sencillez casi infantil, no por primitiva sino porque está ligada a la experiencia acumulada en aquellos primeros años en que la conexión estaba viva.
La religión como religare, volver a unir lo que se había soltado
Aquí la palabra religión recupera su sentido original. En su raíz, religión viene de religare, volver a ligar, volver a unir. Para Frankl no designa un sistema de creencias ni la pertenencia a una institución, sino el acto de reconectar con aquello que nos trasciende y con lo que ya estábamos vinculados desde el comienzo. Religarse es volver a atar un hilo que se había soltado, restablecer un vínculo con los valores de la trascendencia que nos constituyeron antes de que pudiéramos elegirlos.
Frankl entendió la religión precisamente así, en su sentido más amplio. Llegó a definirla, con Einstein, como la búsqueda del sentido último, y a la fe como la confianza en ese sentido. Entendida de este modo, la religión no se opone a lo laico ni exige suscribir un dogma. Es el movimiento por el cual la persona vuelve a ponerse en relación con lo que la excede y le da sentido. Puede tomar la forma de las tradiciones heredadas, las oraciones, los ritos, los ejemplos de las figuras históricas que nos precedieron, que Frankl veía como moldes que la cultura ofrece para llenar de religiosidad vivida. Pero el núcleo no está en el molde, está en el religarse, en reconectar con nuestra dimensión espiritual llena de valores. Tener confianza en que ahí está el sentido.
Esa confianza no puede forzarse. La fe, la esperanza y el amor pertenecen a esa clase de cosas que no pueden ordenarse ni producirse a voluntad. Nadie puede decidir creer por un acto de la voluntad, como nadie puede obligarse a amar a la fuerza. El religarse, si sucede, sucede como una reconexión libre y espontánea, nunca como una imposición. Por eso la logoterapia no empuja a nadie hacia la fe ni la trata como una meta. Reconoce que esa vinculación existe, que en unos está viva y en otros dormida, y deja que sea cada persona quien decida si vuelve a atar ese hilo.
La cuarta motivación de Längle, las condiciones para reconectar

Si la pregunta es cómo se da esa reconexión con lo valioso, el Análisis Existencial de Längle ofrece una manera precisa de pensarla. Längle no describe la conexión con lo trascendente como un salto ni como una certeza que se tiene o no se tiene. La piensa a través de sus condiciones de posibilidad, es decir, aquello que tiene que darse en una persona para que la conexión con la dimensión donde están los valores pueda ocurrir. A eso apuntan sus cuatro motivaciones fundamentales, y en particular la cuarta.
Längle ordenó la existencia en cuatro motivaciones que se sostienen una sobre otra. La primera es poder estar en el mundo, tener un lugar y un sostén. La segunda es poder sentir el valor de la vida, su alegría y también su pena. La tercera es permitirse ser uno mismo, con la propia autenticidad. Y la cuarta es querer que la propia vida esté orientada hacia algo con sentido, inscribirse en contextos más grandes que uno mismo. Cada una nombra una condición sin la cual la siguiente no puede darse plenamente.
Leída así, la cuarta motivación no es la conexión con lo trascendente, es la tematización de lo que hace posible esa conexión. Pregunta si la persona puede abrirse al futuro, si puede entregarse a algo que la excede, si encuentra aquello por lo que valdría la pena orientar su vida. Son las condiciones del religarse. Porque para reconectar con los valores que nos constituyen desde niños hace falta primero poder estar, poder sentir, poder ser uno mismo, y desde ahí poder querer lo que tiene sentido. La cuarta motivación pone sobre la mesa esas condiciones y permite ver dónde se ha interrumpido el vínculo, qué es lo que impide que la persona vuelva a ligarse con lo valioso. No fabrica la conexión, prepara el terreno para nuevas conexiones y para redescubrir las que ya están generadas.
Recuperar una dimensión que creíamos ajena

Muchas personas han cedido la espiritualidad y la religión por igual, las han archivado entre las cosas que no les corresponden por no tener fe en el sentido convencional. Y al hacerlo han renunciado a nombrar algo que era suyo desde el principio, la vinculación con valores que los exceden y que estuvo viva antes de cualquier creencia.
Recuperar esa dimensión no exige adoptar un credo. Exige volver a preguntarse hacia qué está vuelta la propia vida, con qué se quiere uno religar, qué valores adormecidos piden ser reactualizados. Son preguntas espirituales en el sentido más humano de la palabra, y son también las condiciones que la cuarta motivación pone en claro. Que la respuesta lleve o no a una religión en el sentido institucional es algo que solo cada persona puede decidir, y que no cambia el hecho de que la pregunta, y el vínculo que la origina, ya eran suyos.
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Referencias
Frankl, Viktor E. La presencia ignorada de Dios. Psicoterapia y religión. Herder, Barcelona.
Frankl, Viktor E. El hombre en busca del sentido último. El análisis existencial y la conciencia espiritual del ser humano. Paidós, Barcelona.
Längle, Alfried. Vivir con sentido. Aplicación práctica de la logoterapia. Lumen, Buenos Aires.





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