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Poder hacer lo que quieras no te hace libre: la libertad según Kant.

Actualizado: 30 jul

Dos personas sentadas en la proa de un velero al atardecer, con velas blancas y una ciudad lejana bajo cielo dorado.

Casi todos nos hemos visto a la una de la madrugada scrolleando la pantalla del teléfono sin rumbo. Nadie te obliga. En teoría lo puedes dejar cuando quieras, ¿o no? Por lo mismo, si en ese momento, alguien te preguntara si eres libre, dirías que sí porque estás haciendo exactamente lo que quieres. Y sin embargo, estar en ese estado anonadado, casi anestesiado, nos deja muchas veces con una sensación incómoda, como si en verdad no estuviéramos siendo libre en ese momento. Estamos haciendo justo lo que deseamos pero no nos sentimos dueños de nosotros mismos, ¿Por qué? Esta experiencia, probablemente demasiado común en nuestro mundo de hoy, sirve como punto de partida para reflexionar sobre el concepto más fundamental del ser humano: la libertad. Concepto que sin más refiere a nuestra esencia, a lo en realidad somos, y que, por lo tanto, mal entendido puede llevarnos a generar una serie de problemas tanto en el trato con el resto y con cómo nos tratamos a nosotros mismos.


Para ganar claridad sobre este concepto tan fundamental pero a la vez tan difícil de tratar, conviene sin duda alguna tener presente qué tiene para decir al respecto el pensador occidental más importante desde Aristóteles: Immanuel Kant, quien además se caracterizó justamente por poner libertad en el centro de sus reflexiones más profundas. Este artículo explora qué significa ser libre desde una perspectiva kantiana, por qué el capricho o seguir nuestros impulsos puede ser una forma de esclavitud y cómo la verdadera libertad consiste en algo muy distinto de "hacer lo que se quiera”. Es una pregunta filosófica con consecuencias profundamente existenciales: toca directamente el modo en que decidimos vivir, porque en lo que hacemos y cómo lo hacemos nos podemos ganar a nosotros mismos, pero también nos podemos perder.


Qué solemos entender por libertad


Cuando se habla de libertad generalmente, casi siempre se piensa lo mismo: ausencia de obstáculos externos para poder hacer lo que quiera. Entendido de esta forma, ser libre sería no tener nadie que nos diga qué hacer, disponer del mayor número posible de opciones y medios (financieros, por ejemplo) para poder seguir nuestros deseos allí donde nos lleven. Libertad, en esta imagen tan extendida, es hacer lo que uno quiere, cuando quiere y como quiere. Esta caracterización tan validada por el sistema es el ideal a seguir de nuestra época.


Esta forma de entender la libertad sirve como idea que nos orienta y moviliza, en parte, porque algo de verdad tiene. Formas de libertad tan importantes como la libertad política, la de expresión o la de movimiento se apoyan en la falta de coacción y obstáculos. El problema aparece cuando trasladamos ese mismo esquema, esa forma de entender formas de expresión de libertad, al interior de nosotros mismos y suponemos que ser libre equivale, sin más, a poder satisfacer cualquier capricho que surja en nuestro ánimo. Es aquí donde Kant precisa el concepto de libertad introduciendo una distinción que lo cambia todo.


La escalera de la libertad en Kant: el animal, el calculador y el legislador


Uno de los aciertos de Kant es haber notado que la palabra "libertad" no tiene un único significado. Siguiendo la caracterización del gran comentarista Otfried Höffe, podemos entender que el término libertad se despliega en varios niveles ascendentes. Podemos simplificarlos en tres.


El primer nivel es el del impulso o la inclinación inmediata. Kant lo llama, en su terminología latina, arbitrium brutum, lo que se puede entender como arbitrio animal porque la elección está determinada por estímulos sensibles de placer y dolor. En este nivel no hay verdadera libertad, sino reacción: la persona es empujado a hacer lo que su parte animal le demanda, aquello que le traerá placer o evitaría dolor.


El segundo nivel es el del cálculo. En este nivel ya somos capaces de sopesar alternativas, de pensar en el futuro, de renunciar a un deseo inmediato en nombre de otro más conveniente cuya recompensa esté en el futuro. Es una la libertad pragmática del interés propio que orienta nuestras decisiones en función de la satisfacción de impulsos al largo plazo. Es más que el mero impulso porque nuestra razón calcula qué  nos traerá mayor placer al largo plazo, pero sigue girando en torno a la satisfacción de impulsos, de caprichos.


El tercer nivel es el de la autolegislación. Solo aquí, según Kant, aparece la libertad en su sentido pleno: la capacidad de darnos a nosotros mismos una ley que permite emanciparnos de nuestros impulsos, caprichos o deseos, en aras de fines que no buscan satisfacer deseos sino actuar éticamente. Lo que normalmente se entiende por "libertad" habita, en realidad, en los peldaños inferiores de esta escalera, pero para Kant lo esencial del ser humano es su capacidad sobreponerse a los fines que nos dan los impulsos en aras de fines que nos damos nosotros mismos a partir de nuestra razón.


La diferencia entre ser empujado y elegir


Aterricemos esta idea kantiana a nuestra vidia cotidiana. Por ejemplo, la compra impulsiva que hacemos y de la que nos arrepentimos una hora después porque en verdad no lo necesitamos. El patacón de comida cuando no tenemos tanta hambre o el mensaje hiriente que le enviamos a alguien y del cual después nos arrepentimos. El mensaje cortante a un caliente o el desplazamiento infinito de la pantalla a medianoche. Según la concepción de libertad como falta de obstáculos, en todos esos momentos pensamos que elegimos y actuamos libremente. Y si es así, ¿por qué después de hacerlo sentimos algo de culpa, quedamos con mala espina, con un resabio de arrepentimiento y no nos sentimos bien con nosotros mismos? ¿No será que algo en nosotros justamente nos está avisando que al actuar desde el impulso nos estamos traicionando? Hay una parte nuestra, una parte esencial, que no está indicando que nos estamos pasando a llevar, que justamente no estamos siendo libre.


Hay una diferencia fundamental entre ser empujado a hacer algo y libremente elegir hacerlo. Cuando una inclinación surge y la seguimos sin más, no somos tan distintos de una bola de billar golpeada por otra: algo nos mueve y nosotros simplemente seguimos el impulso. Este impulso caprichoso que nosotros sentimos como un "querer " y que “libremente” decidimos ejecutar, sin embargo, no es una expresión de nuestra genuina libertad. Es un querer que se nos impone y nos domina, que se apodera de nuestros recursos, justamente lo contrario de la libertad que le atribuimos. Estos deseos llegan sin ser invitados, se nos imponen, y nosotros lo racionalizamos después como si hubiera sido una decisión soberana.


Por qué seguir el mero capricho es una forma de esclavitud



Personas en una costa al atardecer observan varios barcos de vela en el mar, con cielo dorado y ambiente sereno.

Aquí llegamos al corazón de la propuesta kantiana. Cuando nuestras elecciones están dictadas por cualquier deseo que aparezca, hay una fuerza externa que sigue llevando el timón, es decir, que es la que está a cargo. Kant llama a esto heteronomía: ser gobernado desde fuera. La palabra viene del griego héteros (otro) y nómos (ley): recibir la ley de otro, es decir, someternos a leyes que gobiernan nuestros caprichos o meros deseos.


La paradoja es que esa heteronomía se disfraza de libertad. Creemos ser libres, es decir, dueños de nuestra vida porque podemos hacer lo que queramos, lo que nos plazca o nos apetezca. Pero si lo que queremos está determinado por impulsos que no hemos examinado o elegido, ya sea por hábito, la publicidad, la ansiedad, el miedo, entonces no somos dueños de nuestra conducta, sino súbditos de nuestro capricho. Seguir el arbitrio no es autonomía es dejarse arrastrar bajo la ilusión de libertad.


Autonomía: la libertad de seguir la razón y el propio ser


Si lo que se entiende normalmente por libertad no más que una forma esclavitud disfrazada ¿qué es la libertad para Kant? Es autonomía, es darse a uno mismo las leyes que guían nuestro comportamiento. En sus propias palabras en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, la autonomía es la propiedad de la voluntad por la cual esta es una ley para sí misma. No se trata de la libertad negativa, es decir, de estar libre de coacciones u obstáculos, sino de una libertad positiva: la capacidad de determinarse a uno mismo según una ley que la razón reconoce como propia.


Conviene deshacer un malentendido frecuente. La libertad kantiana no es el simple "podría haber hecho otra cosa". No consiste en la elección arbitraria entre opciones, como si la libertad se midiera por la cantidad de caprichos disponibles y la mejor estrategia para gestionarlos. Esto no es más que la razón prestándole sus servicios a los impulsos, los que imponen los fines que tenemos que seguir. Libertad en sentido pleno significa la capacidad de poder elegir lo que la razón prescribe. Para Kant nuestra esencia es fundamentalmente racional, pero no hay que entender razón solamente como la capacidad de hacer cálculos o análisis, sino también como la facultad que nos prescribe el genuino deber, el que se caracteriza justamente por poder oponerse a los caprichos.


Este punto es fundamental porque distingue a Kant de cierta imagen existencialista posterior. Como señala Höffe, algunos filósofos del siglo XIX y XX pensaron que, para ser libre, la persona debe empezar de cero, partir de la nada, crearse a sí misma sin apoyo alguno. Kant no comparte esa idea. Para él, la libertad no consiste en fabricarse un yo desde el vacío, sino en encontrar el propio yo verdadero en aquello que no se contrapone a nuestra vida de inclinaciones, impulsos o caprichos que obedecen a nuestra biología a nuestro contexto social. La libertad como autonomía no niega que seamos seres con necesidades, historia y vínculos; los reconoce, pero no permite que tengan la última palabra porque siempre está la opción de darnos una regla desde la razón.


Qué significa esto para una vida: el giro existencial


Si Kant tiene razón, entonces la pregunta "¿soy libre?" no se responde contando cuántas opciones tengo, sino examinando desde dónde elijo, reconociendo que el verdadero deber aparece como aquello que nace de nuestra esencia y se opone al mandato de las inclinaciones. Ser libre es llegar a ser quien uno verdaderamente es, en lugar de quien nuestros impulsos hacen de nosotros. Esto no ocurre de manera automática: exige un trabajo, el de atender a los propios principios de acción —lo que Kant llamaba nuestras máximas— y preguntarnos si podríamos sostenerlos como ley de nuestra vida y de la vida de los demás o si simplemente nos dejamos llevar por los impulsos.


Aquí la filosofía deja de ser abstracta y se vuelve existencial. Reflexionar sobre nuestras máximas, sobre las leyes que nos hemos dado para llevar nuestra vidas, como pueden ser, por ejemplo, máximas que conlleven a autoperfeccionarnos físicamente y moralmente, ayudar a los demás, cuidar nuestros cuerpos, seguir la leyes, etc. Las acciones que siguen esos preceptos, esas leyes que nos damos a nosotros mismos y que cumplen con los mandatos de la razón, eso es ser genuinamente libre.


Distinguir el deseo que nos gobierna de la decisión que asumimos, reconocer dónde somos heterónomos y dónde empezamos a ser autónomos: ese es un ejercicio vital de autogobierno reflexivo. No se trata de reprimir la vida ni de negar las emociones, sino de dejar de ser conducidos por ellas sin examen. La libertad, entendida así, no es un punto de partida que ya poseemos, sino una tarea: la de volvernos, poco a poco, autores de nuestra propia vida mediante las máximas que asumimos.


Y quizá sea esa la lección más incómoda y más liberadora de Kant. La libertad que creíamos tener —la de hacer lo que se quiera— no es genuina libertad. La verdadera empieza cuando dejamos de preguntarnos qué nos apetece y empezamos a preguntarnos qué, después de pensarlo, podemos reconocer de verdad como nuestro, para que nuestro actuar no nos deje con culpa o con esa sensación de incomodidad típica del “no debí hacer eso”.


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Bibliografía

 

Höffe, Otfried. Kant's Critique of Practical Reason: A Philosophy of Freedom [Crítica de la razón práctica de Kant: una filosofía de la libertad]. Traducción de Manfred Weltecke. Cardiff: University of Wales Press, 2023. Political Philosophy Now. ISBN 978-1-83772-045-3.

 

Kant, Immanuel. Groundwork of the Metaphysics of Morals: A German–English Edition [Fundamentación de la metafísica de las costumbres]. Edición y traducción de Mary Gregor y Jens Timmermann. Cambridge: Cambridge University Press, 2011. ISBN 978-0-521-51457-6.

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